CAPITULO I, INTRODUCCIÓN.
Londres-Escocia
1960-65
Nos conocimos por casualidad en las vacaciones de Semana
Santa. Yo había acordado con una amiga de Londres recorrer Escocia en esas
fechas, utilizando los autobuses “Green Line”. Un par de días antes de la
partida, a mi compañera de viaje le surgió un impedimento insuperable. Dudé qué hacer pero en un
arranque de espíritu pionero, decidí aventurarme en solitario. Dejé
Londres pronto por la mañana, y al cabo de varias horas aparecí en Glasgow y me
dirigí a un Youth Hostal. Una vez instalada pasé al comedor, recogí la bandeja
en el autoservicio y elegí mi cena. Me senté en una mesa frente a una chica que
también se encontraba sola. La recuerdo nítidamente: alta, morena, con ojos
grandes muy claros y mirada sonriente.
Establecimos un diálogo y descubrimos que ambas nos encontrábamos en circunstancias similares. A pesar de proceder de países muy distintos- ella era alemana y yo española- acordamos seguir el viaje juntas. Recorrimos la ciudad de cabo a rabo, admiramos el Cristo de Dalí y disfrutamos con la vista de los jardines floridos y alegres. Trazamos un plan para el día siguiente. Decidimos hacer autostop y dirigirnos a Oban. Tuvimos éxito: un camión que transportaba clavos nos recogió y al cabo de unas horas nos dejó en el pueblo.
Establecimos un diálogo y descubrimos que ambas nos encontrábamos en circunstancias similares. A pesar de proceder de países muy distintos- ella era alemana y yo española- acordamos seguir el viaje juntas. Recorrimos la ciudad de cabo a rabo, admiramos el Cristo de Dalí y disfrutamos con la vista de los jardines floridos y alegres. Trazamos un plan para el día siguiente. Decidimos hacer autostop y dirigirnos a Oban. Tuvimos éxito: un camión que transportaba clavos nos recogió y al cabo de unas horas nos dejó en el pueblo.
Oban es
un rincón maravilloso, del que recuerdo la puesta de sol en el atardecer y la
conversación aburrida de un alemán - Helmut Shroeder era su nombre - de ojos de
un azul intenso que contrastaban con su pelo negro. No recuerdo bien como había
ocurrido pero en un momento dado mientras recorríamos el pequeño pueblo se nos
había unido. Viajaba solo y quizás por esta circunstancia nos resultaba
imposible deshacernos de él. Nos invitó a un viejo pub, donde saboreamos una
deliciosa cerveza escocesa mientras con monótona voz nos contaba interminables
historias irrelevantes que no nos interesaban en absoluto. Estaba claro que su
compatriota le interesaba mucho más que yo y me llamó la atención su curiosidad
por saber de nuestras vidas. Era evidente que lo que pretendía era unirse a
nosotras dos y continuar el viaje los tres juntos hacia Aberdeen, nuestro
próximo destino. Así que las dos decidimos marcharnos de Oban subrepticiamente
a primerísima hora de la mañana, cambiando de rumbo por sugerencia de mí amiga.
Cogimos un autobús que, atravesando paisajes maravillosos, pequeños pueblos
encantadores y orillando un Loch Ness calmo y sin monstruo amenazador, nos
llevó a Inverness.
Poco a poco las dos fuimos conociendo nuestras mutuas circunstancias y afanes en la vida y espontáneamente surgió una confiada amistad.
Poco a poco las dos fuimos conociendo nuestras mutuas circunstancias y afanes en la vida y espontáneamente surgió una confiada amistad.
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Inverness y la Catedral |
Maravilloso relato, como siempre tu pluma es fantástica, creo que deberías cambiar el titulo de tu blog. Han pasado unos cuantos años querida amiga y aquí seguimos tecleando siempre para no perder ni un acento siquiera.
ResponderEliminarAbrazos, cuídate mucho.
Higorca
Como siempre alentadora y optimista. Tengo pendiente ponerte unas lineas. No creas que me olvido. Pero quiero hacerlo con tranquilidad. Un abrazo muy fuerte y gracias por tu amistad.
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