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Por fin, hoy subo el relato ganador. |
LAS ROSAS DE LA ESPERANZA
Mi padre, el Comandante Hepworth-Taylor, había sido una de las primeras autoridades militares del ejército aliado que había entrado en Auswitch y había sido testigo del horror de la animalización del ser humano. Allá había conocido a Mr. Spitz.
Establecieron cierto nivel de amistad y cuando Mr. Spitz se trasladó a vivir a Inglaterra, al terminar la contienda, ofreció a este la posibilidad de cuidar de mi jardín. Mi marido había muerto al finalizar la II Guerra Mundial y desde entonces el jardín tenía más aspecto de jungla que de jardín urbano.
Mr. Spitz era un hombre de mediana edad, enjuto, pelo canoso que dejaba ver que había sido oscuro, cara larga, y estrecha, nariz prominente pero afilada, ojos pequeños y observadores.
No sabía nada de su vida excepto que era muy buen trabajador y muy honrado: un hombre silencioso y reservado, algo peculiar y poco comunicativo, pero respetuoso y muy buen profesional.
Cada mañana llegaba a su trabajo con puntualidad germana, discretamente se dirigía al armario de las herramientas, sacaba sus utensilios de labor y sin intercambiar palabra alguna, se ponía manos a la obra. Cuando tropezaba con él, le saludaba amablemente por su nombre y procuraba hacer algún pequeño comentario laudatorio sobre el estado de las flores y el diseño del jardín que estaba llevando a cabo; respondía sucintamente con unos "Buenos días", escuetos y "gracias Madam " sin interrumpir su faena.
Cuidaba el jardín fiel y silenciosamente. En primavera rebosaba de rosas. Bellas rosas de diversas variedades, nuevas creaciones que él conseguía combinando distintos injertos. En primavera un olor embriagador se infiltraba hacia el interior de la casa, logrando que la vida pareciera bella y merecedora de vivirse, incluso en los difíciles años de la postguerra.
Lo que más me llamaba la atención de Mr. Spitz era su mirada; inteligente, desconfiada, observadora y algo burlona, como si en el fondo de su ser contemplara a los demás desde la perspectiva de un experimentado conocimiento del ser humano, de reserva, de distancia.
El caluroso día de verano que se remangó su sempiterna camiseta de manga larga, todo quedó explicado. Su brazo derecho estaba marcado con un número: su número de prisionero de Auswitch.
Ante este descubrimiento quedé profundamente conmocionada: había oído hablar de esos tremendos hechos pero nunca había conocido a nadie que hubiera pasado por esa trágica experiencia.
Reuniendo todas mis fuerzas, en uno de los días de la siguiente primavera que paseaba por el jardín para contemplar con placer el florecimiento de las nuevas rosas, me atreví a preguntarle sobre sus conocimientos del arte de la horticultura. Y aproveché la ocasión para, de manera torpe y poco natural pero que me salía del corazón, decirle lo mucho que lamentaba su terrible experiencia, de la que en parte me sentía culpable, como todo ser humano contemporáneo de esos hechos.
De forma inesperada, y como quién realiza un gran esfuerzo físico y emocional, me contó la siguiente historia.
"Nunca antes he confiado a nadie lo que le voy a contar pero hay algo, en su persona, que me inspira hacerlo; quizás sea que presiento en usted una actitud, una predisposición, a entender el respeto debido a los seres humanos, lo que supone la humillación del desprecio irracional, lo que es el dolor de una traición.
Nací en un pequeño pueblo de Austria, mi familia era la única familia judía del lugar. Habíamos vivido allá por generaciones. Mi padre se había dedicado a la jardinería pero tenía ambiciosos proyectos para mí, su único hijo, y con gran esfuerzo de su parte había conseguido que entrara en la universidad de Viena y estudiara medicina, dedicándome a la especialidad de Psiquiatría.
Uno de mis compañeros de curso era un chico inglés. Los estudios y el hecho de que a ambos nos gustara la jardinería hicieron que fuéramos buenos amigos, aunque rivales como estudiantes. Existía una corriente de confianza entre ambos. Su perfectísimo alemán, combinado con un defectuoso acento, invitaba a la risa. Acento que yo imitaba burlonamente. Una vez acabada la carrera yo me establecí en Viena y alcance cierta fama y reconocimiento de ámbito nacional.
Mi amigo inglés, Mounthorn, se había establecido en Londres donde era considerado el psiquiatra de moda. Manteníamos una relación fluida y nos intercambiábamos experiencias profesionales. Incluso llegamos a encontrarnos en varios congresos de Psiquiatría que tuvieron lugar en distintas capitales de Europa.
Pero después de la anexión nazi de Austria perdimos todo contacto. Yo fui arrestado por las SS y después de un simulacro de juicio por traición a la patria fui enviado a Auswitch. Por lo visto un tal Hornberg- apellido muy común en mi país - me había acusado ante las autoridades de ser judío, conducta antinazi y conspirar contra el régimen.
Cuando el tren en el que nos trasladaban llegó a su destino, nos empujaron como ganado a una especie de campo de futbol situado delante de los barracones, donde al cabo de unas horas se presentó el Comandante Hornberg, Jefe encargado del campo. No recuerdo lo que dijo, porque mis ojos no podían apartarse de él; reconocía la voz, los gestos, las expresiones de mi amigo Mounthorn. Lo único que había cambiado era su acento alemán, que ahora era perfecto.
No quiero extenderme sobre recuerdos imborrables de una vida sumida en el terror, en la incertidumbre sobre cuando llegaría el día en que fuera enviado a la cámara de gas. Hornberg nunca dio señales de reconocerme. Y yo tampoco hice nada por un posible acercamiento. Había demasiado odio en su mirada y en su actitud altanera, fría y dominante.
Inesperadamente, recibí la orden de ir a trabajar su jardín y plantar rosas alrededor de la casa, de manera que el Comandante estuviera rodeado de belleza que impidiera la visión de los miserables barracones y le ocultara a su vez de cualquier posible mirada curiosa desde el exterior. Buscaba absoluta privacidad y se blindaba contra la miseria y horror que le rodeaba. Tuve que esforzarme mucho para hacerme imprescindible, creando nuevas especies de rosas - la flor preferida de Hornberg - pues de ello dependía el retraso de mi ejecución y mi supervivencia en aquel infierno. Era una forma de dar oportunidades a que pudiera ocurrir algún cambio en la trayectoria de la guerra.
El cambio llegó cuando el Comandante Hepworth-Taylor, nos liberó. Todos los soldados de las SS del campo fueron hechos prisioneros. Me contaron que a su padre le había asombrado que en medio de toda aquella miseria deshumanizada, existiera un jardín en el que todo era belleza. Le dijeron que yo era el autor, aunque mi profesión era la medicina. Era un hombre afable y muy humano y sobretodo un ser compasivo y justo. Durante alguna de las conversaciones que mantuvimos, comentó en tono cordial y cierto asomo de humor que si alguna vez iba a Inglaterra, y no tenía otro trabajo, no dejara de ponerme en contacto con él pues iba a necesitar un jardinero.
Después de nuestra liberación pasamos por distintos trámites de cuidados médicos, reubicación territorial, traslados a otros países; yo acabé en Inglaterra. No me sentía capaz de reanudar mi carrera médica, así que efectivamente me puse en contacto con su padre y aquí estoy. Por lo menos ahora tengo seguridad y la belleza de las rosas da paz a mi espíritu."
Mis ojos no se podían apartar de Mr. Spitz. Temblaba de manera violenta, incapaz de dominarme.
--Sabe cuál es mi nombre de casada, Dr. Spitz. ?
Negó con la cabeza, sin pronunciar palabra.
--Mounthorn, confirmé en un susurro. ¿Sabe por qué nos traicionó a ambos?"
--Sacudió la cabeza.
--Se lo contaré: Durante la guerra existió en Inglaterra un grupo de hombres que, considerando que el Comunismo era una peor amenaza que el Nazismo, decidieron apoyar a éste, ser una quinta columna dentro del país. Mi marido era uno de ellos. Yo lo ignoraba, sus encuentros eran discretos y disfrazados de reuniones de caza del zorro, invitaciones de fines de semana a las distintas casa de campo de sus componentes, de actividades culturales y sociales a las que yo también acudía, absolutamente ignorante de lo que allá se tramaba: la invasión de Inglaterra.
--Cuando el complot fue descubierto, Mr. Mounthorn huyó a Austria, tradujo su nombre y se alistó en las SS. Al final de la guerra me fue comunicado que había sido condenado a muerte y ejecutado por traidor a Inglaterra además de por sus crímenes contra la humanidad.
--Pero lo que nadie supo nunca fue que Hornberg era su verdadero nombre, me respondió el Dr. Spitz. . Me lo contó cuando ambos estudiábamos en Viena. Cuatro generaciones atrás su familia se había trasladado a Inglaterra por razones profesionales y habían traducido su apellido al inglés. Su origen judío le causaba vergüenza y lo ocultaba. Lo que nunca pude imaginar es que esa humillación fuera convirtiéndose en odio hacia sus congéneres, como un sistema de autodefensa de su propia autoestima.
--¿Por qué no le acusó a alguien en el campo de concentración?, pregunté.
--Para mi ser judío no es un delito y acusarle hubiera supuesto aceptar que lo es y por lo tanto condenarme a mí mismo. Nos hubiera conducido a ambos a una muerte segura y nada hubiera cambiado.
--Sonrió levemente y añadió: ni mi orgullo ni mi conciencia me lo permitían.
Precioso relato tanto por el contenido como por la forma de contarlo, no me extraña que te lo hayan pemiado. ¡Enhorabuena!
ResponderEliminarUn abrazo
Un relato que me ha mantenido en vilo hasta el final. Muy bien narrado, con una magnífica construcción de principio a fin, te felicito Begoña, no me extraña que haya sido premiado, es una joya.
ResponderEliminarUn beso y de nuevo felicidades por el premio, y por favor, sigue escribiendo, tus intentos de escritora fructificarán en más premios, estoy segura de ello.
Querida Chelo: muchísimas gracias por tu comentario. Me alientan mucho tus palabras, porque tu escribes cosas muy buenas.
ResponderEliminarA ver si la musa sopla alguna otra vez.
Muchos abrazos
Querida Nerim: Me alegra mucho que te haya gustado tanto. Yo también disfruté escribiéndolo pero se pierde la objetividad de tus propios escritos; a veces te parecen buenos y otros piensas que son un desastre. Pero nos lo pasamos bien haciéndolo, ¿no es cierto?
ResponderEliminarAhora voy a pasar por tu blog para ver que ha pasado en la casa desvencijada.
Un abrazo fuerte
Querida Begoña: no sabes como me ha gustado tu relato. Felicidades por tu premio, bien merecido por cierto. Sigue escribiendo, que lo haces muy bien.
ResponderEliminarUn abrazo,
Conchita
Gracias por visitar mi blog. Ahora tengo que pasarme yo por el tuyo. Me alegró de que te haya gustado.
ResponderEliminarUn abrazo
Querida Begoña, siempre me ha gustado esa forma tuya de escribir, tan cuidada, tranquila y bonita. Tus relatos me han enganchado la mayoría de las veces, pero este me ha encantado y me da pena que no fuera más largo. Creo que deberías
ResponderEliminarconsiderar alargarlo hasta crear una novela detallada. Me gustó mucho tu Souvenirs d'enfance, "Recuerdos a cuatro manos".
Felicidades por el premio, te lo mereces de verdad.
Un fuerte abrazo, Dery
Begoña, muy bonito. He revisado lo que me pedías y creo que está bien. Lourdes I.
ResponderEliminar¡¡Qué maravilla!!..Begoña, me sorprendes cada vez que vengo. Ves?..yo no sé hacer relatos tan buenos como este tuyo. Sigo pensando que es un don y que lo tienes, aunque las clases te estén ayudando a sacarlo y pulirlo. Adelante.Escribes muy bien. Un beso.
ResponderEliminarAderita: siento mucho no haberte contestado antes pero algo andaba mal con mi ordenado y no me dejaba contestar. Espero que la racha dure. Te agradezco mucho tus opiniones. tengo que aprender a escribir también en otro tono y sorprender al lector con un cambio, pero hay que aprender mucho. ¿Que es de tu vida? Me dio pena no estar en la comida de fin de año, pero la vida no siempre va por donde queremos.
ResponderEliminarUn abrazo muy grande
Por fin parece que funciona o por lo menos en este momento. No estoy en mi propio ordenador, pero sospecho que se debe a modificaciones que hace el propio Blogger y nos vuelve algo locos a todos.
ResponderEliminarGracias por tu ayuda
Pero tu sabes hacer poemas que para mi son imposibles. Y no creo que tengas que pulírlos tanto, seguro. En este momento me encuentro perdida sin saber sobre que escribir, pero ya saldrá algo.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabra
Hola,amiga...vine a visitarte pero he visto que ya te comenté esta entrada. Aprovecho para saludarte y volver a reiterar el hecho de que has avanzado mucho en tu estilo y que escribes muy bien.
ResponderEliminarGracias por tu comentario en mi blog. No sé si conoces a Rosa Cáceres, la escritora protagonista de mi última entrada. Es una gran escritora, además de una gran persona. Su blog es "Con el corazón en la mano" y puedes entrar desde el mío, si quieres. Un beso para tí y hasta pronto.
Gracias por tu visita. He echado de menos tus entradas en tu propio blog. Claro que conozco a Rosa Cáceres. Es encantadora. Se ve que le habéis tratado tan bien que casi se ha vuelto extremeña. Os vi muy guapos a todos tanto en tus fotos como en las de su blog.
EliminarHasta pronto un abrazo fuerte
Me ha encantado.
ResponderEliminarTendrás que ir dejando eso de "INTENTOS" me alegra mucho ver la velocidad que llevas.
Un abrazo muy fuerte.
B, aloe.
Me alegra que te haya encanatado. disfruté escribiéndolo. En cuanto a la velocidad, te diré. Pero seguiré intentándolo; mientras hay vida hay esperanza. Me encantaría poder prescindir de "intentos" pero de momento no pasa de ahí.
EliminarQue todo te vaya bien.
Un abrazo fuerte
Yo no lo encuentro un intento, sino una realidad. Entretenido, tierno, precioso. ¡Adelante Begoña que eso sí, te quedan muchos temas, todos interesantes!
ResponderEliminar¡Enhorabuena por el relato, y por el premio!
Blancamelia
Muchísimas gracias por tus palabras. Quedan tantos temas, que una se siente superada.
ResponderEliminarGracias por tus palabras alentadoras.
¡¡¡¡Excelente!!! Abrazos enormes, seguiré.
ResponderEliminarLo malo es que cuando vas aprendiendo algo, te das cuenta de tus fallos y limitaciones y el trabajo se hace más arduo, pero habrá que pasar por esos momentos para llegar a mejorar.
ResponderEliminarMe alegro que digas que sigues..... porque así te volveré a ver por aquí.
Un abrazo muy fuerte