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BOTES,ACUARELA DE PALOMA ROJAS |
La nevada ha sido tan intensa que se han visto obligados a permanecer en el hotel de alta montaña. La nieve llega hasta el alféizar de las ventanas del piso bajo e imposibilita abandonar el edificio.
Los clientes, atrapados, se han resignado a lo inevitable y se han organizado de la mejor manera posible. Algunos, sentados alrededor de la chimenea, intercambian experiencias de situaciones similares. Otros escogen una esquina silenciosa y se dedican a la lectura. Los que gozan con la música se han apoderado de otro de los salones. Alguien ha descubierto un viejo juego de ping-pong y organizan ruidosas competiciones. . Se respira un ambiente de despreocupado bienestar.
Blanca, se ha refugiado en un pequeño cuarto de estar del primer piso. Las circunstancias inesperadas le brindan la oportunidad de enfrascarse en la lectura que, como predicción de lo que ha sucedido comienza diciendo:
“Dos hombres- un hombre mayor y un muchacho joven-, acompañados de un perro, quedan al cuidado de un albergue de alta montaña durante los meses en que éste se mantiene totalmente aislado por la nieve.
Los dos hombres y el animal permanecen hasta la primavera en aquella cárcel de nieve, con la inmensa y blanca pendiente del Balmhorn como única visión; rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados, bloqueados, sepultados bajo la nieve que asciende a su alrededor, que envuelve, abraza, aplasta la casita, que se acumula en el tejado, ciega las ventanas y tapia la puertas.
La vida dentro del albergue, va gradualmente haciéndose más opresiva y la convivencia con el viejo Hans y el perro, más difícil. La soledad va haciendo mella en el estado anímico y la mente del joven Ulrich, quién terminará por reaccionar de manera violenta a la constante conversación del viejo Hans y al mal olor del perro.”
No avanza mucho en su lectura. La situación le trae a la mente recuerdos nunca borrado de su memoria.
Lourdes, su hermana mayo, había muerto inesperadamente. Una enfermedad mortal de corta trayectoria. Y Blanca, la pequeña de las dos hermanas, una criatura alegre de arrolladora simpatía, se había convertido en una niña triste y desamparada. La profunda soledad asomaba a su cara pecosa y redonda, en la que un par de ojos pardos, traslucían el abismo de dolor silencioso que experimentaba, sin poder llegar a traducir en palabras lo que sentía.
La desaparición de sus padres había roto algo en su alma que nunca volvió a componerse. Pero le había quedado Lourdes, a quién confiaba sus penas. Ahora no tenía nadie a quién contar lo que le ocurría. Alguien que le explicara qué le sucedía, qué le esperaba en el futuro. Alguien a quién abrazar cuando la sensación de vacío, de no ser, se apoderaba de ella.
Recuerda con un sentimiento de paz y consuelo, el giro que había experimentado su vida cuando, después del entierro de su hermana, se quedó a vivir en casa de sus tíos. El tío Pedro, un carácter ecuánime y sereno, inspiraba seguridad. No se perdía en palabrería inútil,era siempre afectuoso y acogedor. Observaba sin que se notara y tenía el comentario oportuno para las situaciones difíciles. La tía Rosa, alegre, optimista, con un corazón de oro. Y la pequeña María, su única hija, sorprendida de tener repentinamente una hermana mayor, le seguía por toda la casa como un rabo sigue a su perro.
Le gusta revivir aquellas tardes de invierno, cuando el cuarto de estar se convertía en la sala de juegos en los que participaban los cuatro. Las puertas cerradas, el murmullo de la leña chisporroteando en la chimenea, los cortinones corridos y todas las luces encendidas. Complejos negocios inmobiliarios con el Monopolio; competiciones de habilidad con los palillos chinos.
Tardes interminables y distraídas en las que el dolor se fue mitigando, no atreviéndose a cruzar la puerta del comedor; un bunker, que le aseguraba la existencia de un cariño real, auténtico; nada era fingido ni mecánico. La querían y querían curar las heridas que la vida le había infligido.
La cadena de su vida se había roto por varios eslabones pero ahora estas tres personas contribuían a rehacerla.
Le gusta la expresión inglesa de Mi hogar es mi castillo, que tío Pedro repetía con frecuencia. Ese hogar ha sido sus raíces, su puerto seguro, su fortaleza, su defensa. Un refugio compacto e imposible de penetrar para los no invitados y que solo se abría al exterior cuando ella así lo deseaba.
Una leve sonrisa vaga por su rostro: ese era el problema del joven Ulrich, el viejo Hans y el perro: no conocen lo que es amar y ser amados.
P.D.Este es un trabajo realizado para las clases de Escritura Creativa. Se nos entregaron distintos párrafos extraídos de diversas novelas. El ejercicio consistía en utilizar esos párrafos, bien uniéndolos entre si, bien partiendo de alguno de ellos, bien cambiándolos de forma adecuada.
Los párrafos utilizados por mi son los que figuran como el pasaje del libro que Blanca lee, unidos a su vez por alguna añadido de mi parte para que tuvieran sentido.