ALGUIEN TENÍA QUE HACERLO.
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LAURO. ACUARELA DE PALOMA ROJAS |
Un día, dos días tres días, veinte días de nieve; hasta las proximidades del 16 de diciembre. No se sabe exactamente la fecha, pero en fin, 15,16 o 17, uno de esos tres días,-o quizás en fechas más próximas a la Navidad-, al anochecer, cuando la casa se hallaba envuelta en profunda calma, Monsieur Dubois abrió cautelosamente el postigo de la ventana de la cocina. Le había parecido escuchar la caída de algo duro, que en aquel vacío y sobrecogedor silencio blanco, restalló como un latigazo. Escudriñó las tinieblas que ocultaban el prado nevado, a la izquierda de la casa. La luz del hogar proyectó un levísimo haz de luz hacia el exterior, que la nieve convirtió en un destello.
A media altura de la ventana, unas botas, a las que seguían unos pantalones de basto paño, se balanceaban sobre las bajas ramas del viejo abeto, pegado a la pared de la casa.
Corrió al piso de arriba. Abrió la ventana de par en par. El frió era congelador. La oscuridad lo envolvía todo. Echó mano de un candil. Sus dedos temblaban y no acertaba a encender la mecha. Trastabilló hasta lograrlo. A su luz contempló un espectáculo macabro.
Frente a él, colgando de la copa del abeto, y pendiendo de una gruesa cuerda, el cuerpo de un hombre se balanceaba suavemente. Un gorro de lana cubría su cabeza y una gran estrella de papel dorado estaba adherida a él. De la boca – en un rictus de sonrisa siniestra- pendía una pipa encendida, que los dientes ennegrecidos parecían morder con fuerza. Los brazos, colgando inertes a lo largo de su cuerpo, y su largo gabán de tosca lana, estaban cuajados de adornos de Navidad: bolas rojas, plateadas, verdes, pequeñas estrellas doradas, lazos de variados colores, figuritas de papa Noel.
No cabía duda, se trataba de Chichiliane.
Dubois miró hacia el suelo. Algo que no había registrado al principio, le llamaba la atención ahora. Vio una piña al pie del árbol. Una sola. La que él había oído caer. Observó con creciente inquietud que no había huellas de rastros humanas sobre la nieve que cubría todo el prado, ni tampoco alrededor del abeto. Parecía la obra de un espíritu maligno y vengativo.
¿Quien podía haber hecho esto a Chichiliane?
--“Podía ser cualquiera”, pensó, “es un hombre odioso y odiado”.
Esperó al amanecer. Recorrió el perímetro de la casa para ver si había alguna señal de pisadas o algo que pudiera dar pistas sobre lo que había ocurrido. Ante su asombro no encontró ningún indicio de que alguien hubiera estado merodeando la finca. Las únicas huellas que ahora se veían eran las suyas.
Se dispuso a descolgar el cuerpo del árbol. Apoyó una larga escalera de mano al abeto, y con gran esfuerzo, logró desatar la cuerda que le unía a la copa. Como pudo bajó con el cadáver hasta depositarlo en el suelo, donde lo tendió. Chichiliane resultaba todavía más grotesco: la mirada congelada, la sonrisa sardónica, la pipa pegada a sus dientes con engrudo casero, la nariz afilada, mechones de pelo asomando por debajo de la estrella dorada.
Observó entonces que un papel asomaba por el bolsillo del gabán. Tiró de él y leyó lo que decía: ALGUIEN TENÍA QUE HACERLO.
Inmediatamente bajó al pueblo para buscar ayuda y comunicar lo sucedido a las autoridades locales. La nieve acumulada hacía difícil el descenso. Llegó jadeante y alterado. Contó su historia en la gendarmería. Decidieron enviar varios hombres del retén. El juez del distrito se personó también aunque horas más tarde.
Nadie lamentó la muerte de Chichiliane; hombre avaricioso, siempre dispuesto a enzarzarse en litigios por parcelas de tierras que, despóticamente, reclamaba como suyas. Vivía solo en el centro del pueblo, aunque se rumoreaba que tenía mucho dinero oculto en algún escondite de su mísera casa.
Todo el pueblo sospechó de Dubois. Nadie creyó en su inocencia: sus pisadas lo delataban, no había otras huellas, y, sobretodo, sus frecuentes rencillas con Chichiliane eran conocidas por todos. Fue acusado de homicidio y condenado a cadena perpetua. Murió en la cárcel al cabo de los años, proclamando su inocencia.
Su casa quedó deshabitada ya que no se halló ningún pariente que reclamara la herencia. En el pueblo corría un rumor de que la casa estaba encantada, habitada por espíritus. Alimentaban esta superstición las historias de algunos vecinos, que decían ver en las noches, a través de las ventanas, luces mortecinas, que se encendían y apagaban. Ningún vecino se atrevía a acercarse a la casa. Solamente algunos chiquillos del pueblo osaban aventurarse a trepar por el empinado camino y acercarse a la finca, en los atardeceres de los meses de primavera y verano, cuando aún había luz. Contaban atemorizantes historias de huellas de pisadas rodeando la casa y perdiéndose junto a la escalera de mano que llevaba a la habitación del segundo piso.
Los más fantasiosos aseguraban que en los aniversarios de la noche del crimen, una voz potente resonaba en el valle. Y todos coincidían en decir que, simultáneamente, ráfagas de impetuoso viento traía las palabras de ALGUIEN TENÍA QUE HACERLO, que rebotaban en los tejados y paredes de las pequeñas casas del pueblo.
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***Hoy traigo a colación un trabajo realizado para el Taller de Escritura Creativa. A partir de un capitulo parcial, de una obra de Jean Giono, tomando como principio las tres última líneas, teníamos que continuar la historia relatada hasta entonces.
Esta fue la mía.
Pero mientras la corregía, se me ocurrió que podía alargarla y dar un final distinto.
Así pues en esta entrada subo lo realizado para el Taller y en otro capitulo sucesivo, continuaré con la segunda parte.
Ya me diréis si preferís solo una parte u os parece que queda más acabada con la parte añadida.