Éramos un numeroso grupo de amigas desde la infancia. El sistema de educación seguido era algo insólito para los tiempos actuales. Sin asistir a ningún colegio, adquiríamos conocimientos de la mano de profesores particulares. Como resultado, nos quedaban muchas horas libres para jugar en el Parque de Doña Casilda de Bilbao, sobretodo a la pelota.
Todas las mañanas y todas las tardes a la salida del colegio, un grupo de chicos de un conocido colegio de la ciudad, nos contemplaba desde los bancos situados en un lateral de lo que denominábamos " el cuadrado", un jardín lleno de rosas en primavera.
Todas éramos adolescentes enamoradizas y tímidas que sin cruzar palabra intentábamos captar la atención de aquel chico que nos gustaba especialmente: saltos espectaculares para alcanzar la pelota, risitas histéricas sin sentido, exhibición de capacidades atléticas. Lo que fuera total de destacar.
Esta etapa duró lo que entonces me pareció muchos años, y ahora me parece un suspiro. Pero llegó un momento en el que grupo se dispersó. La mayoría empezó a asistir a colegios de la ciudad en condición de mediopensionistas, y otras pocas fueron enviadas a internados. Yo me quedé todavía un par de años más en mi ciudad y en mi parque.
Fue entonces cuando empecé a notar, casi imperceptiblemente y sin que al principio me diera mucha cuenta, de la presencia de otro grupo desconocido de chicos, que desde bancos más lejanos venían a vernos jugar a las que aún permanecíamos en Bilbao. Entre todos ellos, empezó a destacar, por su actitud, un chico en particular. Su mirada era excesivamente absorbente; los comentarios, que compartía con sus amigos, eran obviamente sobre mí.
Todas las mañanas y todas las tardes a la salida del colegio, un grupo de chicos de un conocido colegio de la ciudad, nos contemplaba desde los bancos situados en un lateral de lo que denominábamos " el cuadrado", un jardín lleno de rosas en primavera.
Todas éramos adolescentes enamoradizas y tímidas que sin cruzar palabra intentábamos captar la atención de aquel chico que nos gustaba especialmente: saltos espectaculares para alcanzar la pelota, risitas histéricas sin sentido, exhibición de capacidades atléticas. Lo que fuera total de destacar.
Esta etapa duró lo que entonces me pareció muchos años, y ahora me parece un suspiro. Pero llegó un momento en el que grupo se dispersó. La mayoría empezó a asistir a colegios de la ciudad en condición de mediopensionistas, y otras pocas fueron enviadas a internados. Yo me quedé todavía un par de años más en mi ciudad y en mi parque.
Fue entonces cuando empecé a notar, casi imperceptiblemente y sin que al principio me diera mucha cuenta, de la presencia de otro grupo desconocido de chicos, que desde bancos más lejanos venían a vernos jugar a las que aún permanecíamos en Bilbao. Entre todos ellos, empezó a destacar, por su actitud, un chico en particular. Su mirada era excesivamente absorbente; los comentarios, que compartía con sus amigos, eran obviamente sobre mí.
Gradualmente fue creciendo en mí un sentimiento de rechazo y repugnancia hacia su cara redonda y aplastada, su estúpida sonrisa de triunfador, su mirada insistente. Un diente, parcialmente roto, hacia su sonrisa aún más desagradable. Se convirtió en una presencia obsesiva que yo intentaba evitar por todos los medios pero que no lograba conseguir. Hiciera lo que hiciera, fuera donde fuera, siempre acaba apareciendo su figura en el horizonte, estropeando mis ratos de diversión. La situación llegó a su cenit, cuando acabe cruzándome con él irremisiblemente mientras iba de compras con mi madre, o me encontraba en alguna parte de la ciudad, ajena al ámbito normal de mis juegos.
No podía evitarlo, era irracional pero me resultaba desagradable, repulsivo. Recuerdo con horror un sueño en el que mi madre se encontraba con su madre - que no conocía de nada - y el interfecto - que todavía conocía menos - y yo me veía obligada a soportar su presencia desagradable, para que mi madre no advirtiera mi actitud de rechazo absoluto. Despertar y ver que nada era real, fue un alivio.
Llegué a desarrollar el hábito de fruncir el ceño y asumir una mirada dura y antipática, para ver si así lo ahuyentaba definitivamente
Todo era inútil. Parecía que cuanto más antipática, desagradable, distante fuera, más empecinado estaba él en seguirme y buscarme por la ciudad. Y debía conocer bien mis recorridos, o tener alguna fuente de información y espionaje particulares, porque fuera donde fuera, siempre aparecía aquella figura en el horizontes, agriando mis mañanas y tardes.
Todo quedó olvidado cuando fui a estudiar en un internado. Una vez terminada mi estancia en el colegio, pasé una temporada en el extranjero para completar mi peculiar educación. . A la vuelta, la vida siguió su curso y me enrolé en el ritmo social de una ciudad de provincias. El tipo no se me había olvidado, pero era tan solo un incidente en mi vida cuya existencia nadie más que yo conocía.
La ciudad era ahora para mí un lugar agradable en el que vivir. Disfrutaba de mi juventud y mi estilo de vida. La gente que me rodeaba era atractiva e inteligente. Sonreía por la calle y saludaba a todo el mundo con entusiasmo y simpatía.
En una ocasión en que me dirigía al encuentro de un grupo de amigos, percibí, acercándose hacia mí a una pareja, que venía en dirección opuesta. Él agarraba posesivamente el brazo de una rubia artificial y vulgar. Susurraba algo al oído de ella mientras me miraba. Ella volvió su mirada hacia mí y sonrió entre sorprendida, burlona y divertida. Pude imaginar su diálogo: "Mira, esa era la chica de la que estaba perdidamente enamorado de crío". “¿De verás?" contestaba ella, "pues no sé lo que veías en ella, no vale mucho". Él apretó su brazo con fuerza y su diente roto volvió a aparecer en su cara aplastada e inexpresiva.
Me sentí definitivamente liberada.
Aceleré mi paso y sonreí feliz a mis amigos.
No podía evitarlo, era irracional pero me resultaba desagradable, repulsivo. Recuerdo con horror un sueño en el que mi madre se encontraba con su madre - que no conocía de nada - y el interfecto - que todavía conocía menos - y yo me veía obligada a soportar su presencia desagradable, para que mi madre no advirtiera mi actitud de rechazo absoluto. Despertar y ver que nada era real, fue un alivio.
Llegué a desarrollar el hábito de fruncir el ceño y asumir una mirada dura y antipática, para ver si así lo ahuyentaba definitivamente
Todo era inútil. Parecía que cuanto más antipática, desagradable, distante fuera, más empecinado estaba él en seguirme y buscarme por la ciudad. Y debía conocer bien mis recorridos, o tener alguna fuente de información y espionaje particulares, porque fuera donde fuera, siempre aparecía aquella figura en el horizontes, agriando mis mañanas y tardes.
Todo quedó olvidado cuando fui a estudiar en un internado. Una vez terminada mi estancia en el colegio, pasé una temporada en el extranjero para completar mi peculiar educación. . A la vuelta, la vida siguió su curso y me enrolé en el ritmo social de una ciudad de provincias. El tipo no se me había olvidado, pero era tan solo un incidente en mi vida cuya existencia nadie más que yo conocía.
La ciudad era ahora para mí un lugar agradable en el que vivir. Disfrutaba de mi juventud y mi estilo de vida. La gente que me rodeaba era atractiva e inteligente. Sonreía por la calle y saludaba a todo el mundo con entusiasmo y simpatía.
En una ocasión en que me dirigía al encuentro de un grupo de amigos, percibí, acercándose hacia mí a una pareja, que venía en dirección opuesta. Él agarraba posesivamente el brazo de una rubia artificial y vulgar. Susurraba algo al oído de ella mientras me miraba. Ella volvió su mirada hacia mí y sonrió entre sorprendida, burlona y divertida. Pude imaginar su diálogo: "Mira, esa era la chica de la que estaba perdidamente enamorado de crío". “¿De verás?" contestaba ella, "pues no sé lo que veías en ella, no vale mucho". Él apretó su brazo con fuerza y su diente roto volvió a aparecer en su cara aplastada e inexpresiva.
Me sentí definitivamente liberada.
Aceleré mi paso y sonreí feliz a mis amigos.