LA RÍA DE BILBAO.ACUARELA DE PALOMA ROJAS

martes, 6 de agosto de 2013

ESTE VERANO HE VUELTO A ELORRIO




Estuve en este pueblo hace cuatro años y me pareció precioso. En mi otro blog subí varias de las casas palacio que existen en el pueblo. Las podéis ver aquí , aquí , aquí,aquí. 
Este año sin embargo he realizado un recorrido muy distinto. He visitado el entorno rural de Elorrio. Una visita encantada que me ha llevado a conocer lugares que desconocía.Siento que las fotografías no sean más bonitas, pero no soy ninguna experta. 

Para empezar podéis ver este  vídeo de Eitb que os cuenta todo lo que yo no sabría explicar con precisión. 
Vista del Amboto desde Elorrio
El primer Balneario que se creo en el pueblo, ahora convertido en colegio.
El tipo de bañera de piedra que se utilizaba en este primer
Balneario

Nacimiento de aguas sulfurosas que eran conducidas al Balneario
Entrada a un molino compartido por varios dueños. Sus nombres aparecen en la puerta.
La piedra de arrastre utilizada en la última competición que tuvo lugar en Elorrio .El reto consiste en ver que par de yunta de bueyes, arrastrando esta piedra, hace el recorrido en menor tiempo. Tiene mucha importancia la habilidad de los dueños en dirigir a los bueyes. Hay que tener en cuenta, que en aquellos tiempos la sociedad de estos pueblos era absolutamente rural. 
Antiguo lavadero, junto al río donde las mujeres iban a hacer la colada y charlar. 
Antiguo molino. No todo el mundo poseía uno y los que no lo tenían podían utilizarlos pagando por ello. La actual dueño puso en marcha este para que viéramos como caía en la harina y como suele ser habitual, apareció entre la harina un pequeño ratoncito, que aquí denominamos "sagutxu", que estaba más asustado que nosotros.  
Piedra del molino.


Preciosos caseríos que encontramos en el camino

Especie de hórreo edificado sobre pilares  para evitar que los roedores puedan tener acceso a los alimentos que se guardan en él.
Otra vista del horreo
Necrópolis de Argiñeta
Necrópolis de Argiñeta
Necrópolis de Argiñeta

Aquí terminamos nuestro recorrido que nos resultó muy grato.


martes, 25 de junio de 2013

PADRE E HIJO. Continuación

CHIRIBITO

Crecí sin saber qué era una madre. Me dijeron que algunas de las fotos que adornaban las paredes de la casa de Bilbao, eran de ella. También me explicaron  que  se había  ido al cielo el día que yo nací. Y que por eso nunca celebrábamos mi cumpleaños en ese día sino al siguiente, el día de  San Gabriel. Escuché  una vez a unas tías, susurrando entre ellas, pensando que no les oía: 
“El niño no venía bien y ella se desangró; se fue en horas. El padre no se ha repuesto todavía.
Solía contemplar las fotos de mi madre, cuando nadie me veía. No sabía a quién preguntar cómo había sido. Moncho tampoco  era muy proclive a hablar de ella. Solo una vez, cuando éramos pequeños, me dijo: 
"Se reía mucho, le gustaban las amapolas, siempre estaba de buen humor. Y  papá también. Éramos  muy felices. Todo se estropeó cuando tú nac…cuando se murió”. 
El no quiso ser duro pero lo que yo  oía y percibía contribuyó a que  creciera con el sentimiento de que mi madre  había muerto por mi culpa  y que por eso, mi padre prefería a Moncho.  Como tácita consecuencia aceptaba ocupar el segundo puesto en el cariño de mi padre. 
Los veranos los pasábamos en Gorrondo, que ya era nuestro porque los abuelos habían muerto.   Solíamos  salir los tres juntos en el coche de caballos. Paseábamos  por las estradas, entre campos. Papá se sentaba a la derecha llevando las riendas. Moncho en el extremo opuesto  y  yo iba en medio bien custodiado por los dos. Moncho y yo llevábamos unos sombreros de paja para defendernos del sol. Papá era muy guapo. Nos contaba cosas sobre el caserío y sus pertenecidos, sobre sus proyectos: quería  parcelar las tierras, levantar dos caseríos  más y alquilarlos junto con las tierras. Nosotros nos quedaríamos con Gorrondo y el terreno circundante. 
Fueron pasando los años. La vida transcurría como un río tranquilo. Nada cambió mucho. Papá se fue acomodando poco a poco a su vida de viudo. Moncho ya había ingresado en la Universidad de  Deusto, de reciente creación  y yo estudiaba  en uno de los colegios de la parte vieja de la ciudad. Moncho y yo nos llevábamos muy bien. Teníamos mucha confianza el uno con el otro, aunque nos llevábamos seis años y en esas edades, la diferencia de edad es muy importante.  Seguía siendo enérgico, decidido y muy voluntarioso. Yo tenía una risa fácil; aunque no tenía un grupo extenso de amigos, tenía un círculo pequeño pero muy fiel. Nuestro padre estaba muy orgullo de que Moncho fuera una  gran promesa, como le comentaban los profesores y muy contento con mis resultados académicos. Se me daban bien las matemáticas y el dibujo. Yo había expresado que quería ser arquitecto naval, cuando acabara el Bachillerato. En aquellas épocas era una de las elecciones de moda entre la gente joven de la zona: marchar a Inglaterra para estudiar arquitectura naval, carrera que no estaba reconocida en España pero que era muy considerada por los Astilleros que entonces florecían en Bilbao. Ni mi padre ni mi hermano  me prestaban demasiada atención, pues todavía faltaban unos cuantos años para acabar el colegio.
Cuando  mi hermano enfermó tenía veintiún  años. Era  su  último año de carrera. Todo empezó con unas fiebres muy altas que no cedían, dolores musculares intensos, la cabeza le estallaba, todo su cuerpo presentaba una erupción parecida al sarampión.  El médico le visitaba diariamente pero Moncho no mejoraba. Pasaron  algunos  días hasta que pudo confirmar el diagnóstico. “Tifus”, dijo. Y  nuestro mundo se derrumbó. Todavía no existía la vacuna contra esa enfermedad. Ni los antibióticos. La penicilina tardaría aún más de treinta años en descubrirse. Y Moncho se hundía en el sopor, estaba confuso, deliraba, la fiebre era altísima. Sabíamos que le quedaban pocos días de vida. 
Días  terribles para mí. Veía a mi padre deshecho. Su hijo mayor se le iba como se le había ido su mujer, precisamente cuando las ilusiones soñadas  parecía iban a culminar. Por las noches mientras permanecía despierto en mi cama, le oía llorar  en su habitación. A mis quince años, no sabía cómo comportarme, qué hacer. Me daba cuenta de que necesitaba compañía y consuelo pero su actitud no facilitaba el acercamiento. Estaba metido en sí mismo, sumido en un dolor que le distanciaba de todo y de todos. Era incapaz de encontrar las palabras que pudieran mitigar en algo su dolor. Yo era consciente de no estar a la altura de las circunstancias. Y lo que era peor, tenía la seguridad de que mi padre también sentía lo mismo.
Se me iba mi hermano, el que había sido mi apoyo y mi confidente. Ahora me enfrentaba a la soledad,  a la comunicación formal sin que mediara confianza real. Sin embargo, fui consciente de que ya no podría irme a estudiar a Inglaterra, como había soñado. Debía quedarme junto a mi padre. No podía dejarlo solo. Cuando  Moncho murió yo ya había tomado la decisión. Iría a estudiar a Deusto. 
Después de la muerte de Moncho mi padre decidió cambiar de casa. Nos trasladamos a la calle Ripa, al ensanche de Bilbao. En aquellas épocas los barcos subían río arriba para atracar a los pies de nuestra casa. Desde el mirador se  podía ver a los estibadores con su rítmico cargar y descargar de las mercancías. Bilbao era un puerto próspero y muy ocupado. Yo pasaba horas observando las embarcaciones. Algunas tenían las enseñas inglesas. Todavía recuerdo algunos de los nombres y las ciudades de origen. Pero mi decisión estaba tomada y procuraba borrar de mi mente mis antiguos planes profesionales.
Mi padre siguió  encerrado  en su dolor. Yo procuraba contarle cosas del colegio, de los planes con mis amigos, de las asignaturas.   Escuchaba procurando sobreponerse, pero yo era consciente de que no conseguía distraerle, ni sacarle de su estado de ánimo. Transcurrieron meses antes de que pudiera   reemprender su vida social. Por las mañanas se dedicaba a su trabajo. Comíamos  juntos  y por las tardes, al finalizar la jornada laboral, pasaba a la Bilbaína, donde se encontraba con sus amigos. 
Transcurridos dos años, le hablé a mi padre sobre mi decisión de ir a Deusto. Me  miró algo sorprendido y comentó:
“Pensé que querías ir a Inglaterra”. 
Le miré asombrado porque no imaginaba que se acordará de mis sueños profesionales y aún me asombró más cuando continuó
"Me alegra mucho que te quedes, te lo agradezco mucho”. 
Me sentí tan confundido que no supe articular una respuesta adecuada. Era la primera vez que mi padre daba señales de que se alegraba de tenerme cerca de él,  de que necesitaba mi compañía. 
A partir de entonces, nuestra convivencia se fue haciendo gradualmente más fluida; no teníamos que hacer esfuerzos especiales para mantener una conversación, la comunicación era más espontánea. Compartíamos nuestras vidas. Las bromas y  risas se fueron haciendo un elemento natural en nuestro trato diario. Yo le contaba sucedidos de la Universidad y él me comentaba aspectos de su trabajo o de sus reuniones en la Bilbaína. Descubrí que tenía un agudo sentido del humor y una marcada capacidad de observación. Estaba al día en la política internacional y más aún en la nacional.  
Llevaba ya dos años en la Universidad. No me costaban los estudios. Sacaba buenas notas pero no me  llenaba aquella carrera y prefería no pensar en lo que me esperaba una vez terminada. 
El día que mi padre me comentó en la sobremesa: 
"Chiribito, yo creo que no estás contento con tus estudios". 
me sentí en la obligación de protestar diciendo que estaba tan contento como podía estar con cualquier otra carrera.  Pero el prosiguió:
"Mira hijo, lo he estado pensando y creo firmemente que lo que a ti te va es lo que soñabas hacer. Cuando tú estás en clase echo algunas ojeadas a tus apuntes y veo están plagados de proyectos de barcos, dibujos de calderas de vapor y otra serie de cosas que no entiendo.  He hecho averiguaciones con algunos de los contertulios del Club, y la mejor Universidad para lo que tú quieres es la de Durham, en su rama de Newcastle. Los hijos de un par de amigos están ya allá. Habla con ellos y entérate de los trámites, y todo lo demás. Piensa que tendrás que aprender el idioma antes de poder matricularte y eso te llevará uno o dos cursos. Ya nos arreglaremos para pasar las Navidades juntos. Yo todavía puedo aventurarme a hacer algún viaje a Inglaterra. Era un sueño que tu madre y yo teníamos. Estoy seguro de que ella hubiera estado contenta de verte estudiando en Inglaterra".
Me acerqué a mi padre y puse mi mano sobre su hombro apretándolo fuertemente.
¿"Tú crees de verdad que mamá hubiera estado  contenta"?
"Creo que tú serás feliz y eso le  hubiera hecho feliz a ella", respondió apretando mi mano".

viernes, 21 de junio de 2013

                     PADRE E HIJO
                                                                          Primera parte

DON JUAN



A tu madre le encantaba recorrer las tierras en el coche de caballos. Era feliz sentada junto a mí dejando  descansar su mirada sobre los campos de amapolas. Se le llenaban los ojos de luz, enlazaba su brazo con el mío y me atraía hacía ella con suavidad. Estábamos tan  a gusto el uno junto al otro. Era verano y  nos habíamos trasladado a Gorrondo, el caserío de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos y  no sé cuantas más generaciones anteriores. Tenía 250 años de existencia.  Conservaba  su prestancia, aunque no era como tú lo conoces. Era como  el cuadro  que  está en nuestra casa de Bilbao.  Yo hice algunos arreglos más tarde. Pero entonces no tenía opción a opinar ni sugerir. Nuestra boda no había sido  objeto de alegría para tus abuelos. Habían soñado con un marido más, como te diría yo, más importante para su hija única. Un buen partido, de familia reconocida socialmente y de mayor fortuna. Y yo no era nada de eso. Mi padre era secretario del Ayuntamiento de la capital y cabeza de una familia de once hijos. Yo había conseguido llegar a ser agente de bolsa que en aquellos tiempos no se alcanzaba por oposición sino con trabajo y esfuerzo personal. Tampoco había adquirido el rango profesional que años más tarde llegó a alcanzar. Además  estaba el hecho de que entre ella y yo había una distancia de trece años. Tu   madre tenía veintidós. Veintidós felices años llenos de vida y  de ilusiones. Me enamoré de ella como un tonto. La primera impresión era la  de una joven  sería y tímida pero su sonrisa sincera y espontanea  transformaba su rostro, embelleciéndolo. Me  quedé prendido de su naturalidad, su risa  fácil y contagiosa que hacía que sus ojos  se iluminaran y cobraran un atractivo  difícil de esquivar. Como  un imán suave pero irresistible. Una  mujer con un encanto especial que, como el buen perfume, te atrae sin darte cuenta.
Tu hermano Ramón nació al año de casarnos. Nosotros éramos felices viéndole crecer fuerte y alegre.  Desde pequeño apuntó un carácter firme y decidido. Si algo se le resistía apretaba los puños y  tiraba para adelante. No cejaba hasta que lo conseguía. Tu madre se volcó con él pero nunca me sentí fuera del círculo maravilloso. Sabía integrar todos sus quereres. Y los dos nos sentíamos amados por igual aunque de distinta manera. Continuamos yendo los veranos a Gorrondo para estar con los abuelos. Era un lugar sano y propio para que un niño creciera en contacto con la naturaleza. Ahora era Moncho – como acabamos llamando a Ramón – el que nos acompañaba en nuestros recorridos en el coche de caballos, sentado entre tu madre y yo. Disfrutaba con los campos de amapolas. Lo había heredado de su madre. “Polas, polas” gritaba mientras las señalaba con su mano regordeta y nos tiraba con insistencia de la manga bien a su madre o a mí para que le acompañáramos en su entusiasmo. Yo  acababa  tirando de las riendas para que los dos bajaran del coche y recogieran un ramillete. Sus gritos de entusiasmo, deleitaban a tu madre que le seguía de cerca para asegurarse de que no se perdía en aquella maraña de trigo y flores. 
La única nube que turbaba nuestra felicidad era que no había señales de que otro niño estuviera en camino.  El ginecólogo aseguraba que no había ningún impedimento pero el niño no venía, así que cuando seis años más tarde tú empezaste a dar signos de vida, tu madre y yo, nos llenamos de alegría. Queríamos una familia numerosa: yo, porque procedía de una y tu madre, porque no le había gustado ser hija sola.  Se nos hicieron largos los meses de espera. Moncho estaba desconcertado porque percibía  algo intangible que le había desplazado hacia la periferia. Y su madre se empeñaba en repetirle  que tenía que querer a su hermanito porque iba a ser muy pequeño y necesitaría que le cuidara. Moncho miraba desconcertado a su alrededor porque no encontraba entre sus juguetes  ningún objeto pequeño que respondiera al nombre de hermanito. 
Por fin llegó el  día. Se presentaba un parto difícil. Vivíamos entonces en Bilbao en la misma casa en que nació  Unamuno. Y en esa casa te esperábamos con los brazos abiertos. Había nervios e inquietud. Tu madre estaba serena y cooperaba con todas sus fuerzas. Pero la  tensión fue creciendo según iban pasando las horas. Tú, por fin, te asomaste a la vida pero tu madre se hundió en la muerte. Pudo tenerte en sus brazos y acariciarte durante unos minutos y depositar un suave beso en tu colorado rostro; las únicas caricias que has recibido de ella. A las pocas horas ya eras huérfano de madre.  Yo me sumí en un dolor intenso que no me dejaba pensar en otra cosa. Me quedé horas a solas con ella. Le hablaba, lloraba. Es terrible la quietud de la muerte. La incomunicabilidad. Ver un rostro amado que jamás volverás a ver vivo en esta vida. Saber que no te oye, que no puede responderte, ni consolarte.
Tus abuelos se ocuparon de ti y de Moncho durante los primeros días. Te bautizaron al día siguiente de tu nacimiento. Era San Gabriel, y así te llamaron. Ni siquiera me preguntaron qué nombre quería ponerte  ni a mí me importaba. A los pocos días viniste a casa y  creciste al cuidado de un ama de cría, Simona, la que está enterrada en nuestro panteón. 
Yo buscaba la compañía de tu hermano, que aunque incapaz de captar mi profundo dolor y  soledad, podía compartir algunos  recuerdos de su madre. Durante meses preguntaba por ella todos los días  y por las noches, solo en su cuarto,  le oía llorar desconsoladamente. Me sentía herido por ese llanto e incapaz de encontrar el modo de consolarle. Pasaba horas en su cuarto, intentándolo. Todo esto contribuyó a que estuviéramos muy unidos en los años posteriores. 
Seguíamos veraneando en Gorrondo y cuando empezaste a tenerte en pie pasabas mañanas enteras atareado recogiendo las chiribitas que crecían en la campa del jardín donde unos cuantos tilos se elevaban hacía el cielo y proyectaban una sombra protectora. Fue entonces cuando empezamos a llamarte Chiribito, por tu amor a las pequeñas flores blancas y amarillas que cuajaban la hierba. Con tus cortas piernas tambaleantes, depositabas las florcillas en la falda de tu abuela y Simona y corrías afanoso a coger más, para entregármelas, tímidamente. “Muy bien Chiribito, muy bien, son preciosas” era lo más que conseguía decirte, mientras pasaba un dedo suavemente por el contorno de tu rostro. Te lo agradecía de corazón pero por un sentimiento inexplicable del que no podía deshacerme  era incapaz de esforzarme en ser más cariñoso. Te tenía a ti, pero no tenía a tu madre. Y casi inconscientemente te culpaba  de ello.
Han pasado muchos años pero aún me siento culpable por no haberte  querido tanto como tú necesitabas. La  sombra de una nunca reconocida  acusación injusta, gravitaba sobre ti. A pesar de todo tu  creciste  fuerte y risueño. En ocasiones algunas cosas cuya comicidad nos parecían absurdas a los demás,  inesperadamente te hacían soltar carcajadas contagiosas, que nos alegraban a todos. 

sábado, 18 de mayo de 2013


LAS CARTAS QUE NUNCA EXISTIERON
Segunda parte


Ana les acompañó hasta  la puerta, sonriendo. Volvió al cuarto de estar, se asomó a la ventana y agitó su mano en señal de adiós.  Cuando  vio que el coche torcía la calle y desaparecía de su vista, su expresión cambió; fue a su habitación y sacó del fondo del cajón de una mesa de despacho un sobre dirigido a ella y otro dirigido a Luis y Pedro. Le temblaban las manos. Se quedó  de pie en mitad de la habitación.  Miró a su  alrededor. Buscaba  algo. Después de unos segundos de indecisión cruzó la puerta  con los sobres en la mano, llegó al salón  y lo metió en el último cajón del buró de Alfredo.  Luego se sentó tensa en una de las butacas.
Lo pensó mejor y se dirigió a la cocina, puso agua en un cazo y lo acercó al fuego, cogió el bote del té, esperó un rato a que herviera el agua  pero cambió de opinión, apagó el fuego  y volvió a dirigirse al salón. Miró por la ventana: el sol había brillado hasta entonces pero ahora parecía que amenazaba tormenta. 
Volvió  a sentarse en una butaca. La  enfermedad mortal de su madre, las largas conversaciones que mantuvieron durante los años que logró sobrevivir, cruzaban su cerebro en un torbellino imparable. Podía escuchar su voz trémula el día que le confesó quien era su padre, cómo había decidido casarse con  Alfredo, y  cuánto se amaban. Recordaba nítidamente como le había encarecido que ella  lo quisiera también con todo su corazón:”Es  muy bueno y te quiere muchísimo”, le dijo. Ana aún podía escuchar los latidos de su propio corazón conmocionado, mientras la habitación daba vueltas a su alrededor. Su madre le  rogó que no hablara de esto con Luis y Pedro. Era algo entre Alfredo y ellas. 
Y así  lo había hecho.
Días antes de morir le confió una carta con un ruego.
Prométeme que  no la  abrirás hasta que  Alfredo haya muerto.
Había cumplido su promesa. Ahora tan solo quedaba esperar a que sus dos hermanos volvieran del notario. 
Tuvo que esperar otras dos horas hasta que oyó la puerta del ascensor y la llave girando en la cerradura. Se acercó a la ventana, miró a la calle sin ver; su cuerpo estaba tensó, la respiración contenida. Oyó los pasos de sus hermanos que se acercaban al salón. Todo era silencio. Lentamente giró sobre si misma hasta tener a los dos hombres frente a ella. Esperó.  La voz de Luis atravesó el aire como un dardo
¿Desde cuándo lo sabes tú?
Los ojos de Ana estaban llenos de lágrimas.
Antes de morir  mi madre me confesó que  vuestro padre, era mi padre también. 
¿Por qué nos lo ocultaste?, su voz era dura y fría.
Me pidió que no os lo dijera. 
¿Sabías que te había reconocido como hija y te hacía heredera de su fortuna junto con nosotros?, volvió a preguntar con rabia.
Me acabo de enterar. Mi madre me dejó una carta con la promesa de no abrirla hasta la muerte de m… vuestro padre. Lo he hecho.  Y me he enterado. 
Quizás también sepas mejor que nosotros la historia de tus padres. Su ironía era hiriente.
Creí que papá os la habría contado. Ahora se  había atrevido a mencionar al padre común.
Luis giró sobre sus talones y buscó a tientas un asiento. Ana volvió ligeramente la cabeza hacia Pedro, buscando apoyo, comprensión. Sus ojos le miraban con cariño. 
No seas bruto Luis, medió. Los tres sufrimos las  consecuencias de algún error. 
Ana respiró hondo. Casi se ahogaba y no podía hablar con continuidad:
Nuestro padre tenía 20 años  y mi madre 18 cuando nací. Papá no se quiso responsabilizar de mí, abandonó a mi madre. Yo no sabía nada de eso, solo sabía que no tenía padre y siempre pensé que se había muerto. Mi madre se refugió en su familia  y   desapareció de la vida de papá. Mientras tanto se labró un porvenir sólido en la empresa de su familia. Cuando murieron sus padres, ella heredó todo el negocio. Mi apellido es el de mi madre.  Por lo que yo sé, papá tenía 28 años cuando  se casó con vuestra madre, que tenía 24. Seis años más tarde moría dejándoos a vosotros con 5 y 3 años.   
Y entonces, se dedicó a cazar a papá otra vez, por lo que veo. El tono y la voz de Luis eran insultantes. Giró la cabeza hacía la puerta con ademán despreciativo. 
Mamá permaneció soltera hasta que se volvió a encontrar con nuestro padre 24 años más tarde. Nunca persiguió a nadie. Su voz era firme.
Ana alzó los ojos hacía Pedro, implorante. Con un leve gesto, le indicó el último cajón del buró. No podía seguir hablando y ahogando un gemido salió  corriendo del salón. 
Los dos hermanos se quedaron solos. Luis se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación, como un león enjaulado. Pedro se acercó al buró y  aprovechando un momento en  que su hermano estaba de espaldas sacó  los dos sobres del cajón. Con un gesto rápido los deslizó en el bolsillo interno de su chaqueta. Entonces se encaró con su hermano. 
No es esa la manera de tratar a Ana. Si alguien ha obrado mal, ha sido nuestro padre, que nunca nos dijo nada en vida. Ha sido el notario quien nos ha tenido que revelar que había reconocido a Ana como hija y nos hacía a los tres herederos por igual. Nunca sabremos porqué  se calló. Quizás era más cobarde de lo que parecía. Quizás esperaba hacerlo en el último momento. Quizás le daba vergüenza. Yo que sé. Pero Mercedes siempre se portó como una madre con nosotros. 
Excepto que le dejó todo su dinero a su hija, replicó Luis con rabia. 
Jurídicamente no tenía ninguna obligación con nosotros. Y económicamente, su hija era la que quedaba más desamparada, replico Pedro con ardor.
¿Quién te dice que ella no conocía el testamento?
Luis había sido siempre un buen hermano pero algo le había hecho reaccionar de forma distinta en esta ocasión. Dejó el salón precipitadamente. 
Con grandes zancadas fue pasillo adelante en busca de Ana. La encontró en su habitación, llorando, sentada encima de la cama. 
Se dirigió a ella con voz dura y crispada.
Perdona Ana, pero no lo entiendo. No entiendo porque nuestro padre te iguala a nosotros. Lo que hizo tu madre, me pareció muy justo, en su momento. Pero esta decisión de papá no la entiendo, no me cabe en la cabeza, sobre todo cuando papá sabía las circunstancias económicas por las que yo estoy pasando con mi empresa. Pedro no tiene dificultades de momento pero yo necesito lo que me corresponde. Y no es ambición sino una necesidad perentoria. 
En la soledad del salón Pedro, encendió la luz, sacó las dos cartas del bolsillo interior de su chaqueta y las  comenzó a leer. Su expresión iba cambiando según avanzaba en la lectura. Las volvió a leer, esta vez por orden de fechas. Salió precipitadamente, en busca de sus hermanos,  orientado por la voz de Luis que continuaba hablando presa de un nerviosismo incontrolado. Llegó a oír sus últimas palabras cuando entraba en la habitación.
Se aproximó suavemente a  su hermano y le entregó las dos cartas:
Léelas y lo entenderás todo, dijo con voz pausada, primero la de Mercedes y luego la otra.
Luis le miró con impaciente sorpresa
¿Qué es esto?
Léelas y lo entenderás todo, volvió a repetir Pedro.
Luego se volvió a Ana y le preguntó: ¿Cuándo has leído la carta de tu madre?
Después de que papá muriera, anteayer.
¿Y cuándo escribiste la nuestra? Volvió a preguntar
Inmediatamente después. 
Y ¿tú renuncias a tu parte porque tu madre te lo indica en la carta o libremente?
Lo hago con toda libertad, Ana estaba serena y segura.
Luis tenía la mirada fija en la última carta y su expresión era indescifrable. Su hermano se  dirigió a él: 
Esta es mi propuesta. Rompamos las dos cartas. La de Mercedes corresponde a la intimidad de su vida y de nuestro padre. La segunda, yo no la admito
Luego se volvió hacia Ana:
Eres tan hija de papá como nosotros dos y no tienes por qué renunciar. Incluso me parece que renunciar es contrariar la voluntad de nuestro padre,  porque durante muchos años no se hizo cargo de ti y te lo debe.
Se acercó a su hermano, puso una mano en su hombro y serenamente añadió:
De momento, yo podré echarte una mano en lo que necesites. Creo que puedes confiar en nosotros dos.

martes, 14 de mayo de 2013


LAS CARTAS QUE NUNCA EXISTIERON

Primera parte
Conferencia en la noche. Hopper


Todo había acabado. Alfredo descansaba  ya en el panteón de la familia junto a las dos mujeres de su vida: Rosario, la madre de Luis y Pedro y Mercedes la madre de Ana. Poco a poco, entre abrazos sinceros y pésames rutinarios,  se disolvió el numeroso grupo de amigos y parientes que les habían acompañado en el entierro. Alfredo siempre se había hecho querer.
Luis y Pedro junto con sus familias se dirigieron a sus respectivos coches. Un par de sobrinos quisieron  acompañar a  Ana, en el suyo. Pusieron rumbo a la casa paterna. Ana había insistido en que comieran todos juntos, antes de que  las familias de Luis y Pedro regresaran a sus hogares. Los tres hermanos habían acordado  quedarse juntos un par de días  para acometer  cuanto antes los trámites legales  que siguen a una muerte.
Reinaba un ambiente sereno, ese que suele existir ante muertes esperadas. Una  corriente de cordialidad y cariño  impregnaba el ambiente. La comida transcurría entre recuerdos de los abuelos  y anécdotas de su niñez en un empeño tácito de empeñarse por soldar la cadena, rota por el eslabón perdido tras la muerte del abuelo.   
Acordaron que después de tomar el café con tranquilidad y descansar un poco, los mayores recorrieran la casa, indicando aquellos muebles u objetos  que mejor se avenían a las necesidades de sus propios hogares. Cuando la firma tasadora organizara  los distintos lotes, podría tener en cuenta las preferencias y evitar así  engorrosos  cambios posteriores.  Los dos hombres señalaron inmediatamente un par de objetos que tenían relación directa con su padre  y delegaron en sus mujeres el resto. Una  de las cuñadas eligió una  vajilla de Limoges, y  la otra un juego de té de porcelana  Wedgewood.  Ana apuntó su preferencia por muebles que su madre había aportado a la casa cuando se casó con Alberto. El resto lo dejaron  en manos de los tasadores.
Todo parecía ya  acordado, cuando  Ana tuvo una súbita idea:
--Es posible que a los nietos les guste tener algo de su abuelo. Algo que les sirva de recuerdo para toda su vida. Tenían una relación muy especial con él.
Los dos hermanos se sintieron secretamente  orgullosos cuando comprobaron que  los recuerdos fueron elegidos  en clave  afectiva: aquellas  cosas que les hablaban de su abuelo: la vieja  pipa junto a la sempiterna bolsa de tabaco , el libro de poemas de  su autor preferido, el  título de  Arquitecto Naval, de la universidad de Durham, sencillamente enmarcado, la foto de boda con la abuela Rosario, la colección de Salgari, la lupa que Alfredo  utilizaba en los últimos años, unos de pañuelos de nariz con las iniciales:AM. Estaban afectados por la muerte de su abuelo. Eran aún muy niños cuando Mercedes murió y no se habían hecho cargo de lo que la muerte supone. Ahora eran conscientes del significado de permanente ausencia. No volverían a oír la voz del abuelo, ni oírle  contar las anécdotas de su vida como estudiante en Inglaterra. Ni su risa contagiosa y cordial. Ni sus gestos característicos que tanto les divertían e intentaban imitar: la ceja levantada como signo de interrogación, aquel mirarles por encima de las gafas.
--Creo que ya es hora de irnos, sugirió la mujer de Pedro. Habrá  mucho tráfico y tenemos un buen trecho que recorrer. Llegaremos para la cena. Vosotros tres estáis cansados. Han  sido días muy duros.
Ana se despidió de las dos cuñadas  y sus hijos con un fuerte abrazo. Los  dos hermanos acompañaron a sus familias hasta los coches, mientras Ana terminaba de preparar la cena. Había elegido  los platos preferidos de Luis y Pedro. Contempló por un momento la  mesa preparada siguiendo la tradición familiar: sencillez y pequeños detalles, que tanto le habían gustado a Alfredo. El mantel impecablemente  planchado, combinando con la vajilla. Las servilletas dobladas de modo que se vieran las iniciales. Los cubiertos  ordenados a los lados de los platos. El ritual acostumbrado.
Pedro fue el primero en captar la recreación del antiguo ambiente familiar:
--No te has olvidado de nada, veo que hasta has sacado los antiguos servilleteros de la infancia. Ya ni me acordaba de sus existencia: aquí están mis iniciales: PM.
--El mío LM sigue abollado, como el día que te lo estampé en  la cabeza porque me habías dado un patada por debajo de la mesa. Papá se enfadó de verdad, no soportaba las malas formas.
--Tenéis que reconocer que erais un poco salvajes. Cuando mamá y yo vinimos a vivir aquí después de su  boda, yo os contemplaba con terror. Corríais por los pasillos como si fuerais miuras  y yo tenía que pegarme a la pared para no  morir aplastada.
--Pronto aprendiste a torearnos, porque al cabo de un par de años, hasta te abríamos la puerta para que pasaras tu primero.
      --Sí, Luis pero  después de cada  detalle versallesco, venía una petición.
      --¿Cómo qué? 
      --Pedirme la moto y luego, más adelante, el coche para salir por la noche, por ejemplo.
   --Lo mejor eran las reacciones de papá ante las peticiones de salidas nocturnas”me lo pensaré” decía muy serio, mirando por encima del periódico. En realidad, quería decir: “se lo preguntaré a Mercedes”. Pedro se rió recordándolo
     --Ahora lo veo con otros ojos claro, pero no se me olvida como le juzgaba de ridículo, cuando veía lo enamorado que estaba de Mercedes. No podía soportar ver que fueran de la mano, o les cazara besándose o mirándose embelesados. Con mis quince años, me parecía cómico, inadecuado.
     --Tenía  la misma edad que tú tienes ahora, Luis, más o menos.
     --¿Me verán así de ridículo mis hijos?
     -- No creo, eres bastante menos cariñoso que tu padre. Ana le miró irónica- te ocultas detrás de la máscara de la seriedad.
      Se callaron los tres, absorbidos por sus propios recuerdos. El silencio fue roto por Ana:
     -- Es duro hacerse a la idea ¿verdad? Me refiero a la idea de su ausencia, de la ausencia de ambos. Recuerdo que cuando murió mi madre, me sorprendió que vuestro padre, a la vuelta del funeral, no se sentara en su sillón habitual sino que lo hizo en el que normalmente se sentaba mi madre. Y desde entonces siempre lo hizo así. No sé por qué, juzgué  este hecho como una falta de sensibilidad. Después de algún tiempo tuve el valor de preguntárselo y su respuesta me emocionó: “porque así no veo su asiento vacío”.
     --Mañana nos espera un día intenso.  Por cierto Pedro, hay que llamar al notario, para acabar cuanto antes con todos los fastidiosos trámites que siempre duran más de lo que se espera. Es algo tarde pero no creo que le importe, es muy amigo de papá.
Pedro se dirigió al cuarto de estar para hacer la llamada. A los pocos minutos estaba de vuelta. Confirmó que les recibiría al día siguiente a última hora de la mañana, una vez que hubiera terminado con sus anteriores citas.
--Es bueno tener amigos notarios, afirmó Luis. Facilitan los trámites. Ya sabes, conocen los entresijos de la burocracia. Me alegró que nos reciba a última hora, así tendremos tiempo de echar una mirada a los papeles de papá por si hay algo que le pudiera interesar al notario. Luis siempre cogía el mando.
A la mañana siguiente, después del desayuno, mientras Ana se ocupaba de las cosas de la casa, los dos hermanos, revisaron los papeles del buró de su padre. No encontraron nada relevante,  Se acordaron de la caja fuerte empotrada en la pared. Recordaban la clave con claridad. Su padre se la había dado hacía ya tiempo. Al abrirla vieron, entre otras cosas,  las joyas de su madre y de Mercedes. 
--Ana, ven un momento por favor. Luis levantó la voz para que le pudiera oír. Es sobre las joyas de tu madre.
Se oyó un ruido de platos rotos.
--¿Algún accidente?  Preguntó Luis.
--Se me ha resbalado una bandeja con varias tazas. Son fáciles de reponer. La voz de Ana parecía algo alterada. Dejarlas ahí de momento. Ya habrá tiempo de sacarlas. ¿Habéis encontrado algo que os interese?, pregunto desde la cocina.
Pero los dos hombres no prestaron demasiada atención. Se habían topado con los álbumes de viejas fotografías colocados en la biblioteca del salón. Ana había terminado con los preparativos de la comida y se unió a ellos.
--Tú y yo, Pedro,  nos parecíamos mucho a mamá. La reconozco siempre en todas las fotografías, pero si me preguntas como era no sabría describir sus facciones.
--Sin embargo Ana ha sacado poco parecido  a su madre.
-- No habéis sacado ningún parecido a vuestro padre, terció Ana, irónica. Una lástima, porque era bien guapo.
--Tampoco el tuyo debía ser muy feo, porque es cierto que te pareces a tu madre, pero eres más guapa que ella.
--Mira esta foto de papá y mamá el día de su boda. Rieron los dos hermanos viendo a su padre, con la  ceja levantada como un signo de interrogación.
--Aquí hay otra de la boda de nuestro padre y tu madre, Ana. La verdad es que estaba estupenda a sus 42 años. Pedro se volvió hacia ella con cariño. Tiene que ser duró no haber conocido a tu padre.
-- Sí, lo fue. Pasar años sin padre es duro, pero cuando mamá se casó con vuestro padre, es como si Dios me hubiera compensado por los años de orfandad.
--Cuando murió mamá nosotros éramos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que estaba pasando. Yo  recordaba a mamá, y la echaba de menos,-  dijo Luis,- cinco  años son muy pocos años, pero cuando papá nos dijo, que se casaba con tu madre  me gustó la idea de tener una hermana de 24. Desde mis quince años me parecías muy mayor.
El resto de la mañana pasó rápida, entre recuerdos y lágrimas disimuladas. Una llamada desde la notaría les anunció que podían acercarse en media hora. Los dos hermanos se despidieron.
--Volveremos en cuanto terminemos, así te contamos lo que nos diga el notario,dijeron. 

domingo, 5 de mayo de 2013


A MI MADRE



 

 Supongo que mi madre me dio muchos abrazos durante su vida pero hay uno que no he olvidado nunca. 
Volvíamos de alguna excursión o viaje largo. Estábamos  en algún medio de transporte que no recuerdo con exactitud. Debía ser un tren. Yo era pequeña y estaba cansada. Le dije bajito que tenía sueño. Ella tenía un corazón de oro pero  no quería educar una hija blanda y mimosa. Esta vez, ante mi sorpresa, me cogió en su regazo y me apoyó contra su pecho. Todavía recuerdo la confortable sensación de sus brazos apretando con suavidad  mi pequeño cuerpo,   lo bien que dormí y como  descansé. 
Setenta años más tarde aún recuerdo nitidamente lo querida que me sentí.

domingo, 21 de abril de 2013


DOS HOMBRES LIBRES. 
Segunda parte.



A las 8.45 de la mañana, llamaron a la puerta de su casa. Les esperaba ya arreglado. Un coche estaba aparcado delante de su portal. No mediaron palabras entre el General Martin y él. A las 9 en punto llegaba al Gobierno Civil. Le introdujeron en uno de los salones del palacete. Lo conocía bien. Era allá donde le habían recibido como un héroe unos años antes. Las cosas habían cambiado algo desde entonces. Miró a su alrededor recordando las felicitaciones, los abrazos con sonoras palmadas en la espalda. Las miradas de admiración que ocultaban la envidia. “Envidia de qué”, pensaba. No había mucho que envidiar: doce meses de encarcelamiento y tortura psicológica, sin saber si cada amanecer era el último día de tu vida.

Una puerta se abrió silenciosa en un extremo del gran salón. Alzó los ojos y vio al Gran Salvador que con pasó rápido y los brazos extendidos se acercaba a él, con ademán de abrazarlo.

--¡Cuánto me alegro de verte Burrell! Tantos años sin saber de ti. Sus brazos rodeaban sus hombros y palmoteaba su espalda con energía. ¿Cómo te va?
--Muy bien, tengo trabajo y amigos. Me gusta esta tierra y me encuentro cómodo aquí. 

--¿Te has repuesto ya del todo, después de aquellos meses de martirio en aquella maldita cárcel?

--Me costó, pero me repuse del todo.

--Me alegro, me alegro mucho. Tú siempre fuiste leal a nuestra causa. Un-héroe-de- nuestra-Causa, lo subrayó  con emoción
.
Su mirada se tornó inquisidora cuando volvió a tomar la palabra. 

--Por cierto, ayer, cuando pasaba bajo tu balcón, me di cuenta de que no aplaudías, que guardabas silencio. Me he enterado de quienes eran los que estaban contigo: son enemigos. 

--Yo no diría eso. Él es defensor de sus propios ideales, ideales que tú  persigues. Esa es la diferencia: él no te persigue a ti. Sencillamente, no te aplaude y emplea los medios leales para ganar  su propia causa. 

--Pero eso equivale a ser enemigo. Quién no está conmigo, está contra mí. 

--Eso lo dijo Cristo, pero tú no eres Dios. 

--Aléjate de él. Es consejo de buen amigo.


--Te contaré lo que no sabes, Gran Salvador; había un deje de ironía en su voz. 

--Cuando me liberaron de aquella hedionda cárcel, yo estaba enfermo, muy enfermo. Nos sacaron a todos como ganado. Tú y tu gente os acercabais rápidamente  y no tenían tiempo de rematarnos. Los carceleros tenían que huir rápido si querían salvar el pellejo. Durante algún tiempo caminamos hacía vuestras posiciones, cada uno como podía. Buscábamos la seguridad del propio bando.  Pero yo ya no tenía fuerzas y me tumbé en la cuneta, esperando morir. Tu enemigo, como tú le calificas, huía de vosotros; se había quedado defendiendo su posición hasta el último momento. Su objetivo era alcanzar la costa y embarcar en el último barco que zarpaba ese día. Había conseguido un coche en el último minuto. Huía en la misma dirección que yo debiera haber tomado. Pero en un punto dado del camino, él giraría en  dirección a la costa, evitándoos.
No sé lo que fue que le hizo aminorar la marcha cuando pasaba a mi lado. Pero  me  reconoció a pesar de que  yo había adelgazado tanto que esta irreconocible.  Habíamos sido amigos  desde niños. Cada uno pensábamos distinto, pero nos respetábamos mutuamente. Paró inmediatamente, me llamó por mi nombre. Yo no tenía fuerzas ni para hacer ademán de levantarme y menos para acercarme al coche. Salió rápido  del vehículo, y cargó conmigo hasta él. Nos fundimos en un fuerte abrazo.  Se acercó cuanto pudo a las filas de mi gente – de tu gente – y se aseguró de que me dejaba en manos de buenas personas que cuidarían de mí hasta que vosotros llegarais. Nuestra despedida fue rápida pero sentida; no había tiempo para más. Después él continuó su camino hacia el mar. 

--Te salvó la vida.  Y por lo que veo, él también se salvó. 

--Sí, fui yo quién le defendió en su juicio. Y lo gané. 

Burrel se calló, observando con calma al que también había sido amigo de su infancia.

--Sabes, Thomas, Anders –como bien sabrás  es el nombre de mi amigo - y yo somos dos hombres libres: libres de odio, libres de rencor, libres de deseos de venganza. Somos amantes de la libertad ajena y la propia. Nos gusta la lealtad. Pensar distinto, no es traición. 

Thomas tenía los ojos empañados de lágrimas. Burrell lo recordaba siempre así: una mezcla de despotismo y sentimentalismo edulcorado. Pensó que era un buen momento para despedirse. Se acercó a su amigo y le tendió una franca mano. Thomas se la apretó con calor:

--Deséame suerte, le pidió.

--Te desearé algo mejor, sonrió Burrell, te deseo que llegues a ser un hombre libre, libre como nosotros,  como has prometido a la masa. Así estaremos todos en el mismo bando.

Quince  minutos más tarde salía por la puerta principal del Gobierno Civil. 

Se atusó el bigote ocultando una sonrisa divertida.

miércoles, 10 de abril de 2013


DOS HOMBRES LIBRES. 
Primera parte

Hockney, Late Spring

El Gran Salvador  de la nación saludaba desde el balcón del Ayuntamiento  a la muchedumbre  enfervorizada que se arremolinaba a los pies del edificio, inundando la plaza que se desplegaba delante de él. Innumerables banderas nacionales se agitaban furiosamente  en círculos concéntricos y  desde todos los rincones de las calles que convergían en la Casa Consistorial, se oía un rugido ensordecedor. Los gritos exaltados y los ¡vivas! eran atronadores. El himno nacional, interpretado por la banda municipal,  era inaudible, apagado por el tumultuoso gentío que lanzaba gritos de ¡¡¡Viva  el salvador del pueblo!!! ¡¡¡Él es nuestro líder!!! ¡¡¡Con él somos invencibles!!! 

Y El Gran Salvador contempló satisfecho  la masa sin rostro que se revolvía a sus pies. Paseó la mirada lentamente por la gran plaza, en la que los jardines eran invisibles entre los cuerpos que la abarrotaban, recorrió los edificios que la rodeaban con los balcones repletos de gente. Una ingente masa sin rostro seguía a voz en grito los eslóganes que se incoaban. Sonrió  complacido. Los personajes que junto a él presidian la manifestación, también  sonreían, orgullosos y satisfechos. Por fin le podían ofrecer, rendido a sus pies, aquel pueblo que decían era invencible y rebelde. Allá estaban aquellas gentes, enardecidas, gritando frenéticamente su nombre, como quien convoca a un dios.

Entre la multitud, en los puntos más alejados de la plaza, donde casi no alcanzaba la vista,  grupos de hombres de variadas edades, permanecían de pie, callados, procurando defenderse de los empujones de la masa. No gritaban, ni agitaban sus brazos. Eran los obreros y directivos medios de las mayores empresas de la zona, obligados con suaves palabras, que encerraban encubiertas amenazas silenciosas, a incorporarse a la acogida libre y sincera del vencedor. Diseminados a lo largo de otras calles laterales había grupos similares, que pasaban desapercibidos para la mayoría de la gente, pero no para los equipos de seguridad.

El Supremo Líder del pueblo volvió a levantar su brazo, haciendo ademán de que se callaran. Lentamente el mudo mensaje se fue extendiendo por la riada humana desparramada por la plaza y calles y su voz, recogida por la megafonía,  se pudo oír por toda la urbe, ahora en silencio: 

“Compatriotas, con vuestro esfuerzo leal, generoso y valiente, hemos conseguido la gran victoria que nos llevará a un mundo nuevo, donde las estrellas brillarán en el firmamento, la justicia volverá a regir  nuestras leyes, la honradez liderará nuestro gobierno, y los hombres serán libres para siempre”. 
Continuó hablando durante un cuarto de hora, interrumpido por constantes aplausos que quemaban las manos hasta que las palmas se volvían rojas e hinchadas.
. 
Cuando terminó de hablar, los vivas retumbaban contra los edificios, las gargantas se desgañitaban y los brazos, rompiendo el aire, se agitaban, descontrolados. ¡¡¡Viva el  Gran Salvador!!! ¡¡¡Arriba nuestro Jefe Supremo!!! Quienes le rodeaban reventaban  de orgullo, queriendo participar de la sombra gloriosa  de su jefe. Las sonrisas eran serviles, las palabras untuosas, buscando el favor del todopoderoso.

El  Gran Hombre, desapareció detrás de los cortinones del balcón. La multitud seguía sin moverse mientras continuaba gritando consignas de fidelidad eterna y cantando canciones patrióticas. 

Una hora más tarde, después de la recepción ofrecida por las autoridades locales, hizo su aparición un gran coche descapotable de marca extranjera que esperó, en marcha, ante la puerta del Ayuntamiento. Las fieles fuerzas del orden abrieron un amplio camino hasta el automóvil. Era difícil apartar al  gentío situado cerca de la puerta principal. Por fin, el Gran Salvador hizo su aparición. Casi no se le veía, rodeado como estaba de la masa de seguidores. Al cabo de un tiempo su figura apareció sobresaliendo sobre las cabezas de la gente. Se situó de pie en la parte de atrás del descapotable, solo, sonriente y triunfante. El  Gran Salvador se iba a dar un  baño de multitudes. 

El abogado Burrell, y la familia de su mejor amigo, observaban todo desde los balcones de su casa,situada diametralmente en frente del Ayuntamiento. Se preguntaba cuál de los dos brazos de la plaza tomaría el Gran Héroe  para  enfilar  la calle principal de la ciudad que  conducía al Gobierno Civil. Burrell  había tenido tiempo de comprobar que los tejados y buhardillas de las casas que rodeaban la plaza estaban tomadas por el ejército, con las ametralladoras apuntando hacía la multitud.  Si el coche elegía la derecha, pasaría a los pies de su balcón. 

Esperó con tensa curiosidad. El coche avanzaba muy lentamente. A su paso, algunas mujeres se emocionaban sin poder contener las lágrimas. Los padres alzaban a sus hijos pequeños sobre los hombros para que pudieran ver bien al Gran Líder. Los jóvenes se desgañitaban gritando consignas partidistas. Los ancianos miraban con ojos empañados. En todos los balcones había gente aplaudiendo calurosamente mientras gritaba vivas enardecidos. Y el Líder  levantaba la mirada y saludaba agradeciendo con entusiasmo  la acogida.

El coche tardó veinte minutos antes de que se acercara a la casa de Burrell. Uno de los  dos balcones estaba ocupado por el abogado y su amigo y el otro por la mujer y la hija de este. Ninguno  aplaudía, ninguno profería gritos de entusiasmo. Ninguno saludaba. Todo era  silencio y observación. El Gran Salvador alzó sus inquisitivos  ojos, taladró con su mirada a los ocupantes y pareció reconocer a alguno. Fijó sus ojos en Burrell y sonrió imperceptiblemente. El abogado correspondió con  un leve movimiento de cabeza. Los dos se  sostuvieron la mirada. El coche siguió avanzando en su lento recorrido, dobló la curva y enfilo la calle principal. 

La multitud corrió detrás del  coche,  algunos eligieron  las calles adyacentes  para poder adelantar a su héroe y  alcanzarle calle abajo, cuando llegará a la casa del Gobierno Provincial. 

Burrell y sus amigos dejaron el balcón y se reunieron en el salón. Su amigo, un hombre alto y fuerte se dirigió a él:

--Te has arriesgado demasiado Burrell, te ha reconocido.
--Y me ha sonreído, respondió en tono ligero, atusándose el bigote en uno de sus inveterados tics.
--Ten cuidado, los tiempos son difíciles. 
--No te preocupes, no te olvides que he luchado a su lado.
--Sí, pero ahora no estás de su lado. Y lo sabe. 
--Descubrirá quienes estábamos contigo en el balcón, terció la mujer del hombre alto y fuerte.
--Inmediatamente será informado, estoy convencido pero no olvides que estáis legalmente en este país. Burrell hablaba con firmeza
--Sí, pero no seguros.
--No le des más vueltas Carmen, no va a pasar nada. Esperad un poco a que se aclaré la calle y marchaos a casa. Os llamaré más tarde para ver que tal os ha ido.

No bien habían desaparecido por la puerta de la casa, sonó el teléfono. Burrell lo cogió rápidamente. 
--Dígame
--¿El Abogado  Burrell? Era una voz de hombre fría, neutra.
--Sí. ¿con quién hablo?, la voz de Burrell era controlada y bien modulada.
--Soy el General Martin. Le llamo desde el Gobierno Civil. Departamento de  investigación interna. Me gustaría que mañana pasara por nuestras oficinas a las nueve de la mañana.
--Me temo que no podré acudir a las nueve. Tengo un juicio pendiente a esa misma hora.      Usted comprenderá que no puedo dejar solo a mi defendido.
--Tendrá que posponerlo, la voz del General Martin era una orden esta vez. 
--De todas formas, ¿de qué se trata? 
--Hay un asunto que queremos discutir con usted. 
--¿No puede adelantarme algo? Es posible que lo que usted requiera mañana, necesite previa preparación de datos.
--No hará falta nada de eso. Pasaremos a buscarle a las nueve menos cuarto en punto, subrayó en punto con una leve inflexión de su voz.
--De acuerdo, aquí estaré. Burrell parecía en plena posesión de sus nervios. 

Colgó el auricular. Se sentó en el sillón de la mesa de su despacho, apoyó la cabeza en el respaldo y cruzó las  manos sobre su estómago. Sus ojos inteligentes recorrían la habitación   sin verla, casi se podía oír crujir  su  cerebro, cavilando sobre lo que acababa de escuchar. 

“He pasado por esto antes, pensó, aunque en el bando contrario”. 

viernes, 1 de marzo de 2013



Muelle de Las Arenas. Acuarela de Paloma Rojas

VERDAD/MENTIRA.MENTIRA/VERDAD


        --Las carátulas a veces mienten, pensé

Había recibido una invitación, una cita a ciegas con cincuenta años de música vasca. Consistía en una exposición de portadas y carátulas de composiciones musicales realizadas durante esos años, explicadas por el organizador de la misma y colaborador de algunas de las obras.

Y sin embargo aquel encuentro  con lo desconocido me estaba resultando difícil de captar.Flotaba en el desconcierto. Me costaba aterrizar sobre un terreno firme. 

Así que decidí interpretar a mi modo el despliegue de  fundas de discos de vinilo que habían envuelto  las obras realizadas durante ese medio siglo.

Mi  versión personal  no tenía ninguna relación  con la música, ni con los intérpretes y sus circunstancias, ni tampoco con  los provocadores títulos de algunas canciones, ni con las letras rebeldes de otras.

No era eso lo que golpeó mi cerebro con fuerza. No. Simplemente, me evocó la capacidad de engaño del ser humano para disfrazarse con envoltorios que ocultan su auténtica realidad, creando imágenes externas que no responden a realidades  internas.

Como un relámpago inesperado, una segunda opción iluminó mi pensamiento.Sí. También podían  ser el vehículo utilizado, no para ocultar, sino para mostrar.

-     --Las carátulas no siempre mienten, me corregí a mí misma.

lunes, 4 de febrero de 2013

CARTAS AL DIRECTOR




BOTES. ACUARELA DE PALOMA ROJAS


A MIS QUERIDOS EXTRAÑOS VECINOS

Como todo el mundo sabe, la gente de mi profesión somos pocos madrugadores pero muy trasnochadores. . Una vez terminada la representación de la noche, y después de la sesión de desmaquillaje y embutirme en mi propia ropa, tengo que cruzar media ciudad hasta llegar a mi casa. Por eso no es raro que el silencio en mi piso sea casi aterrador. Puedo oír mis propios pasos  retumbando a lo  largo pasillo. Como vivo en un primer piso, sé  que no hay posibilidad de despertar a ningún vecino y  en cuestión de segundos  Morfeo se ha apoderado de mí.
No conozco a mis vecinos de arriba, tan solo se de su existencia por los sonidos que diariamente emiten. 
Cuando he alcanzado el estado REM, y estoy en lo mejor de mi sueño,me despiertan varios tac, tac, propinados a las puertas de las habitaciones situadas a lo largo del pasillo. Exactamente 6 pues la distribución de los pisos es la misma en todos.  
Sé que a este repiquetear le seguirá  un leve minuto de silencio, interrumpido por un desbordamiento de aguas similar a las cataratas del Niágara. Después vienen diez minutos de silencio, que será roto por  una marcha militar de 12 pies hacía la cocina de la casa. En ese momento  parece que todos los pájaros del parque cercano se han concentrado en ese punto para  conversar.   
Durante  aproximadamente  quince minutos escucharé seis portazos consecutivos.
Luego viene la paz. 
No tengo nada contra mis vecinos. Tan solo quiero saber quiénes  son mis queridos extraños vecinos.