LA RÍA DE BILBAO.ACUARELA DE PALOMA ROJAS

jueves, 6 de septiembre de 2012

MONTMARTRE



Me hubiera gustado tener más tiempo para visitar este barrio de París del que tanto he oído hablar siempre. Fui en metro hasta la plaza de Pigalle que me recordaba a una canción de mis tiempos. Fue una visita precipitada y poco preparada; cogí el funicular porque la cuesta que vi ante mi me desanimó a atacar la empresa de trepar por aquellas callejuelas que presentía llena de sorpresas y encantos. Ha sido a la vuelta cuando he revisado una guía de París y me he dado cuenta de todo lo que he perdido por precipitada y no preparar bien los distintos desplazamientos que he realizado.
La primera sorpresa fue reconocer la fotografía tan conocida de la Iglesia del Sagrado Corazón. Era como reconocer a un viejo amigo al que nunca se ha visto. El ambiente bohemio se percibía en el aire. 
Pero lo que he descubierto es además de ser un barrio famoso por los artistas que lo han habitado en el siglo XIX-XX- Renoir, Van Gogh, Toulouse-Lautrec y un largo etc- y por su vida vida nocturna, ha sido testigo de importantes acontecimientos históricos y lugar de devoción. Según la tradición en esta colina fue decapitado San Dionisio en el año 272, primer Obispo de París. Por esta razón se le denomino Mons Martyrum (Monte de los Mártires). Existe otra versión que dice que el nombre original era Mons Mercurii (Monte de Mercurio) porque existió un templo dedicado a Mercurio. En la Edad Media se edificó una Abadía  Benedictina, fundada por la mujer de de Luis VI el Gordo, de la que solo se conserva la Iglesia de San Pierre. De aquí partió la insurrección que en 1871 desembocó en la proclamación de la Comuna.
La gente se sienta cómodamente para escuchar al cantante de turno, que evidentemente es un habitual, pues según descubrí no fui la única que disfrutó de sus canciones sino que más gente conocida  mía habían presenciado el espectáculo en otras ocasiones.

La vista de París desde las puertas de la Iglesia del Sagrado Corazón son esplendidas. El corazón se ensancha.
El encanto de las calles en cuesta
Un rinconcito inesperado. Había tanta gente en París este verano que el avanzar por cualquier calle o museo suponía un esfuerzo.
Otra calle con encanto que desemboca en el Molino de la Gallete, que pintores como Renoir, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Utrillo, etc tanto celebraron
Vista del Molino de la Galette
Vista más cercana del molino
Acceso al Molino de la Galette
Historia del Molino. Algo que me ha llamado la atención ha sido la magnífica organización existente en París, con indicadores como este, que van contando la historia de los lugares paradigmáticos.



Escena callejera
 A continuación una serie de fotografías de los puestos de los artistas instalados en la plaza que corona colina. Desgraciadamente las instantáneas que tenía de artistas dibujando a los visitantes, han desaparecido de mis imágenes. 



Y para rematar una instantánea de Moulin Rouge, mundialmente conocido.

viernes, 31 de agosto de 2012

MI VISITA AL MUSEO D'ORSAY




En mi otro blog he subido la visita realizada a dicho museo.La podéis encontrar en http://xvxiv.blogspot.com.es/2012/08/visita-al-museo-dorsay.html. Aquí quiero incluir otra parte de la visita que me parece interesante. 
A la hora de comer salimos a la terraza del Museo, desde la que se puede tener preciosas vistas del Louvre. Antes de llegar a la cafetería pasamos por una zona desde la que se ve una panorámica de París a través de la esfera transparente de un reloj exterior. 
 Vista del Museo del Louvre a través de un reloj situado cara al Sena
 Otra vista similar aunque con distinto enfoque
 Vista desde la terraza del Museo. 
 Panorámica de París desde el Museo D'Orsay
 Otra panorámica de París desde el Museo D'Orsay

miércoles, 29 de agosto de 2012

MUSEO RODIN


Muchas de las fotografías que subo no son mías si no de las personas con quienes visité el museo. En mi opinión son mejores que las que yo saqué y por eso mezclo unas con otras. 
Espero que os guste.
Camino del Museo
Llegamos

La casa de Rodin

Antes de entrar en la casa, visitamos el jardín en el que se encuentran algunas de las obras más famosas de este artista. Por ejemplo, Rodin fue elegido para diseñar una puerta de bronce para un futuro museo parisino de Artes decorativas.  Está  una de las maquetas de esa puerta llamada  La Puerta del Infierno,  que nunca se llevó a cabo.     Lleno de entusiasmo Rodin diseñó y modelo varias maquetas así como numerosos grupos de figuras. Muchas  de sus figuras están diseminadas en el exterior de la casa. La la figura de  El Pensador  domina la escena en el centro del tímpano.  Su fuente de inspiración original fue El Infierno de Dante  pero Baudelaire también tuvo una influencia importante en su creación. El Pensador  fue originalmente una descripción de Dante mismo contemplando los trabajos de su propia vida y las desgracias de la humanidad.


La puerta del infierno

 Las tres sombras  que coronan la Puerta del Infierno.
  El Pensador
Aspectos de la Puerta del Infierno

Otra de sus obras más famosas es  los Burgueses de Calais, un monumento encargado por la ciudad de Calais para conmemorar el heroísmo de seis ciudadanos que durante la Guerra de los Cien años, sacrificaron sus vidas, para que el Rey de Inglaterra dejara libre a la ciudad.

Los Burgueses de Calais

Cada una de las figuras expresa una emoción diferente, que va desde la rebeldía a la resignación.


Distintos pasos seguidos en la elaboración de cada una de las figuras.


La sociedad de las Letras  quiso rendir tributo a uno de sus fundadores, el novelista Honoré de Balzac y pidió a Rodin que diseñar. La sociedad de las Letras  rechazó el proyecto, lo que hizo que surgiera una fuerte controversia entre los que estaban en contra y los que aprobaban el proyecto. Rodin decidió retirar su proyecto que no se llevó a cabo en bronce hasta después de su muerte. 
Balzac
Cabeza de Balzac


Una vez en el interior pudimos contemplar otras obras del artista. Tan solo subiré alguna de ellas porque de lo contrario el reportaje va a ser excesivamente largo.








sábado, 4 de agosto de 2012

AQUÍ ESTOY OTRA VEZ CON VOSOTROS





Ayer estuve viendo Notre Dame. Me había enterado de que los primeros viernes de mes se venera en esta Iglesia las Espinas de la Corona de Cristo y varios clavos de la Pasión. Estaba lleno a rebosar, cosa que me llamó mucho la atención teniendo en cuenta que Francia es un país laicista. 
Un momento de la veneración de las Espinas de la Corona de Cristo.

Después de esto me dedique a recorrer parte de la Isla. Fue un recorrido tranquilo pero muy fructífero. 






Notre Dame

Dando una vuelta alrededor de Notre Dame me encontré con el famoso Mercado de flores. No pude resistirme a tomar un par de fotografías.



Si os interesa, he subido más fotografías en mi otro blog QUINCE POR CUATRO

viernes, 3 de agosto de 2012

LO PROMETIDO ES DEUDA

Aquí estoy como lo prometí. Ninguna de mis fotos es una obra maestra, más bien lo contrario.  Pero para mi es un bonito recuerdo de mis días en esta ciudad tan bonita que voy reconociendo poco a poco. Tengo la suerte de tener guías maravillosas que me van dirigiendo por este laberinto de calles y callecitas, metro y autobuses.
El primer me llevaron por un tour general de París. Todo me recordaba a cosas vistas, pero era tal la profusión de datos, que todavía soy incapaz de ordenar la ciudad en mi mente. Ese día no pude sacar ninguna foto porque habían llevado mi equipaje directamente a donde voy a vivir y la máquina de fotos estaba en mi maleta. 

Fue el segundo día por la mañana  cuando hice mi primera salida. Fue corta para no agotarme antes de tiempo.
El Arco de Triunfo, como no. No se ve en la foto pero llevaba un jersey a rayas azules y blancas. todo muy francés
Cartier de los Campos Elíseos.

Por la tarde fui a la Plaza de los Vosges. No puede entrar en la casa de Víctor Hugo pero tuve una buena visión de la plaza. 
Uno de los lados de la plaza
El jardín central de la plaza
Bajo los arcos de la plaza de los Vosges
Inesperado y bello concierto cerca de la casa de Victor Hugo
Ya que no puede entrar por lo menos que quede constancia de haber intentado ver la casa de Victor Hugo.

Cerca de está plaza fui a visitar la exposición de una pintora Argentina que una amiga mía si había encontrado esa misma mañana. Fue una visita interesante y una artista estupenda. 
Ahora voy a dar por finalizada esta presentación de mis vacaciones. El resto del día lo subiré a mi otro blog, Quince por cuatro al que podéis acceder a través de este. 

miércoles, 25 de julio de 2012

DIAS DE VERANO



DERBY EN GÓRLIZ. ACUARELA DE PALOMA ROJAS
Hace tiempo que no me asomo al blog. No se debe a nada grave sino a que una vez terminado el curso académico y metida de pleno en las vacaciones, me he dejado invadir por un ataque, espero que pasajero, de pereza. 
De hecho tenía la intención de subir una nueva entrada, partiendo de un trabajo ya realizado y   aparecido en este blog. La idea era darle  otro giro, como me fue sugerido en el Taller de Escritura. pero, honradamente, me atasqué. 
La semana que viene me voy a París; estaré  unos días y mi propósito es subir al blog las fotos de mis recorridos por esta ciudad que conocí hace cincuenta y dos años y a la que no    he vuelto. 
Os deseo a todos unas buenas vacaciones y un buen descanso.
Os he echado de menos y espero que también vosotros me hayáis echado en falta.


domingo, 27 de mayo de 2012

UN PASEO POR EL PARQUE DE LA VIDA


La Fuente del parque de Doña Casilda


Esta vez iba a ser distinto. La reunión habitual con la mayor de sus primas, normalmente llena de las últimas noticias familiares, iba a ser más difícil. No sabía como enfocar el tema pero se lo tenía que decir. El tiempo corría en su contra; no quería retrasos por cobardía.

En esta ocasión se había citado con ella en la Cafetería Toledo, no en la de su juventud, sita Gran Vía abajo, sino en la de los jubilados y supervivientes. Algo le había impulsado a cambiar de lugar de encuentro. Quizás, inconscientemente, quería dar un recorrido por a su vida. Esa vida que había dado por supuesta, en la quedaban tantos proyectos aún no llevados a cabo.

-“Cuando aún estaba mirando expectantes al futuro y haciendo planes de largo alcance, me sorprenden con el anuncio de la fecha de caducidad -pensó. Fue ayer cuando me casé, tuvimos hijos, luchamos por su porvenir y felicidad. Los he visto crecer, triunfar, fracasar, casarse, tener hijos, he experimentado la felicidad de abrazar a los hijos de mis hijos. He visto partir a mi marido.”

Decidió bajarse del metro en la Estación de Indauchu y caminar  hasta la Gran Vía, antes Prolongación. María Díaz de Haro era ahora una calle populosa y comercial. Miró con mezcla de nostalgia y humor al edificio del colegio de los Jesuitas, donde tantas veces había presenciado las fiestas deportivas, más por ver a los  chicos de su edad realizando proezas físicas, que por el deporte en sí. Lo que en sus tiempos había sido un patio de recreo amplio y despejado, estaba ahora ocupado por nuevos edificios de muy distintos estilo arquitectónico. Recordó que más abajo, a la izquierda, cerca del edificio del Igualatorio, había vivido de niña quien luego fue su cuñada. Torció a la derecha y recordó la antigua finca de Estraunza, con la casona  oculta detrás de los frondosos árboles que la rodeaban. Todo había desaparecido ahora, tragado por los nuevos bloques de casas, conocidas también como Las casas de Estraunza. 

En la cera opuesta de la Prolongación, seguía erguiéndose orgulloso en su belleza arquitectónica, el edificio donde dos de sus amigas ya muertas, habían vivido: Pepa, inolvidable compañera de juegos, con la que había pasado tardes enteras, inventado vidas ajenas con muñecas de papel. Y Tere, desaparecida cuando - aún seguía pensando lo mismo - la muerte había adelantado la fecha por equivocación. 

Cruzó la calle y se encontró en el Parque de Doña Casilda, junto a la Cafetería Toledo. La mayor parte de su niñez había transcurrido trenzada con ese parque paradigmático. Ahora, a su derecha, se elevaba un edificio de varios pisos, donde antes solo existía un solar inmenso y tenebroso, en el que desaparecían todas las pelotas de sus juegos infantiles, engullidas por terribles ratas, según la leyenda urbana.

Su prima no había llegado todavía, así que se internó en el parque: un universo nuevo y desconocido para ella. No en vano habían pasado más de 65 años. 

Ya no existía El Cuadrado, un jardín independiente, llamado así por su forma geométrica. Recordaba con precisión su diseño original: en el centro del mismo, se erguía orgullosa una palmera gigante a la que rodeaba un amplio y bien cuidado césped circular, delimitado por medios arcos de metal incrustados en la tierra. Amplios parterres rebosantes de rosas en primavera formaban un cuadrado a su alrededor. Separando ambos espacios, se había diseñado un paseo arenoso de cuatro o cinco metros de anchura, donde las Misses, Madmoiselles y Señoritas de Compañía se sentaban, cosían y hacían punto, mientras veían jugar a sus niñas.

En uno de los extremos  del Cuadrado, el más cercano a la calle Aguirre, corría un amplio terreno limitado en el  extremo opuesto por varios edificios de viviendas, entre ellos, un chalet. Recordó con una sonrisa interna los apuros y zozobras sufridos, cuando la pelota entraba en el jardín del chalet y su dueño se enfadaba. O cuando la pelota caía entre las rosas y los jardineros simulaban, con amenazantes gestos, que iban a avisar al guardia para que les pusiera una multa. En aquellos tiempos la presencia de guardias municipales en el parque era una estampa habitual. 

Todos los días a la salida de clase los alumnos de un colegio cercano, se sentaban en los respaldos de los bancos del paseo central del cuadrado, con las piernas colgando hacia fuera, de forma que pudieran ver a todas las chiquillas que jugaban a quemar, o a tres y pasar, procurando exhibir sus mejores saltos felinos y el arte de apuntar a dar con la pelota. 

Muchos de aquellos niños de entonces, habían sido y algunos seguían siendo, los prohombres del presente. Allá se habían sembrado amores que perduraron, romances que se truncaron, amistades que nunca se rompieron. Ella había estado a punto de casarse con uno de ellos, pero los caminos se distanciaron hasta perderse en el horizonte. No lamentaba nada, pero siempre le había  quedado la curiosidad por saber qué habría sido de él. 

El antiguo chalet había sido remplazado por una casa de pisos de ladrillo rojo. No hay Cuadrado, no hay rosas, no hay paseo arenoso, no hay bancos. Todo el espacio estaba ahora dedicado a juegos para los niños: columpios, toboganes, casitas a las que trepar, animales a los que subirse. Y en este día determinado hervía con la actividad de un enjambre de niños, padres y madres. Ni asomo de las Misses, Madmoiselles y Señoritas de compañía.

Caminó con rapidez hacia lo que, en su infancia, había sido la entrada a los jardines. Ya no existía el amplio espacio para jugar al truquemé y a la Tiente o a Guardias y   Ladrones. Todo había sido absorbido por la entrada a un enorme garaje privado, que solo dejaba espacio a una pequeña plaza.

Cruzó la calle Aguirre a la altura de Colón de Larreategui. Subió callé arriba contemplando los nuevos edificios construidos en lo que en su juventud eran solares. Se paró frente al portal de lo que había sido su hogar hasta la muerte de su marido. Lo contempló con una mezcla de curiosidad y añoranza. Sintió la tentación de cruzar el portón de hierro, coger el ascensor, subir al quinto piso, llamar al timbre y presentarse como la antigua propietaria. Desistió.  Sabía que se habían realizado obras en el piso y había cambiado la distribución de la casa. Prefirió recordar su viejo hogar tal como lo había dejado.

Giró y volvió sobre sus pasos, observando en perspectiva la nueva entrada al parque. En ese momento le asalto el recuerdo de una vieja fotografía tomada por un antiguo novio de su prima. Enfocada contra el edificio de la derecha, que enmarcaba la plazoleta, aparecían varios primos y primas. Entre ellos figuraba ella misma vestida con un traje de marinero de falda y cuerpo azul oscuro y gorra de plato de mismo color, en la que aparecía bordado en dorado el nombre de un barco, THE NEWCASTLE, en recuerdo de la Universidad en la que su padre había cursado sus estudios. Aún le divertía recordarlo.

Aceleró el paso para no hacer esperar a su prima y con decisión se adentró por los tres paseos paralelos que, partiendo desde esta pequeña plaza, desembocaban en La Fuente. El Reloj, realizado en hierro forjado pintado de verde, con una esfera blanca y reluciente y unas agujas negras marcando las horas, levantado sobre un alto pedestal de piedra pulida, había desaparecido. Sin embargo, se habían colocado farolas todo a lo largo de los macizos de boj que separan los tres distintos senderos, ahora menos poblados y los bancos intercalados entre las luces estaban ocupados por señoras mayores que observan con  desaprobadora curiosidad a todo viandante no habitual por esos lares. 

Lamentó que el Museo de Bellas Artes a la derecha de estas pequeñas avenidas, hubiera devorado otros tres paseos paralelos, incluyendo los retretes públicos, que acababan en el Museo primitivo de ladrillo rojo. Los niños se habían visto así privados del parque de verano, ya que había sido  una zona frondosa con árboles altos que proporcionaban una magnifica sombra. Amaba el arte y se sentía orgullosa de la bella ampliación acristalada del museo, pero no podía dejar de lamentar el terreno robado a los niños. 

No quería hacer esperar a su prima pero no pudo resistir el impulso de asomarse a los paseos descendentes, detrás de la fuente, que se dirigen al área del Parque de Los Patos. Le sorprendió no encontrar el banco donde se solía sentar una pareja de novios prematuros, ella con uniforme de uno de los colegios más conocidos de la ciudad y él un chico rubio de facciones finas y delicadas que llevaba invariablemente pantalones bombachos, algo llamativo en un chico de su época. Se preguntó que habría sido de ellos y de su intenso enamoramiento, que el viento probablemente se había encargado de llevar a otros corazones.

Todo lo contemplaba con un sentimiento impregnado   de nostalgia, e impotencia. Ella era como aquel parque, reconocible pero distinto. Sería  sustituida por nuevos retoños de vida y solo sus hijos y nietos la recordarían durante algún tiempo hasta que su imagen fuera haciéndose borrosa  para  todos los que ahora la querían sinceramente. 

-“Así es la vida, se dijo a sí misma. Dentro de pocos años, mis hijos miraran para atrás y se dirán a sí mismos: <<¡como es posible que  hayan pasado ya veinte años desde la muerte de mamá!>>. Y la tercera generación estará ya en marcha hacía el futuro”.

Ahora sentía  el cansancio apoderándose de ella. Dirigió sus pasos hacia El Toledo. Pasó cerca de la Fuente y tuvo un recuerdo para el barquillero, aquel honrado hombre con cara de hambre y de frío. Y otro para la vendedora de chuches, que con la crueldad ignorante de la niñez, denominaban la vieja del parque. Acarreaba su mercancía en una gran cesta de mimbre, que colocaba sobre unas patas de madera. Había conocido a dos generaciones de ellas. Se alegraba de su ausencia porque significaba que las siguientes generaciones habían medrado y no necesitaban de aquel mezquino negocio. 

Su prima estaba esperándola. Como siempre tenía muchas cosas que comunicarle, las palabras fluían a borbotones:  los hijos, los nietos, los problemas, las soluciones .Ella esperaba pacientemente el momento oportuno para hablarle de  su enfermedad, del diagnóstico nada favorable y el tratamiento que iba a comenzar en breve. Quería desahogar su corazón, comunicarle sus angustias y temores.  

Pero su prima parecía más charlatana que nunca. Mientras simulaba escucharla con interés sus ojos se fijaron en un matrimonio sentado cerca de su mesa. El marido evidentemente sufría de Alzheimer. Algo en él llamó su atención, quizás fue su perfil, o la forma de sus manos, no sabría decirlo con certeza, pero con estupor reconoció en él lo que quedaba de aquel amor olvidado. Es posible que fuera su imaginación, pero creyó ver un pasajero destello de reconocimiento en sus  ojos.

“Nuestras vidas empezaron aquí y aquí  se van a cerrar, se dijo a sí misma. Sabía que algún día todo  iba a acabar pero me parecía que todavía estaba recorriendo el camino de ida y que la meta estaba muy lejana”

Cuando fue la hora de separarse se despidió de su prima sin comunicarle las malas noticias. Tendría tiempo de hacerlo. Ahora tenía que luchar para seguir adelante y aceptar su nueva forma de vida. Resurgiría como el viejo parque: distinto pero siempre el mismo. 

sábado, 5 de mayo de 2012

EL RINCÓN DEL MIEDO







Ese  recodo del pasillo era  el que le hacía temblar. Había un plafón  en el techo  pero nunca estaba encendido.

La luz procedente del comedor, al otro extremo del largo corredor,  apenas llegaba a la esquina del rincón, y su habitación, situada al final del último tramo, quedaba sumida en completa oscuridad.

Oía las conversaciones de  los mayores pero no lograba distinguir lo que decían   Sus  voces, que al principio eran como las notas aisladas precursoras de una sinfonía,    gradualmente adquirían, en su mente,   un crescendo frenético hasta culminar en   vertiginosos   giros infernales,  imposibles de dominar.

Por su imaginación  pasaban toda clase de personajes grotescos, tenebrosas criaturas  de un mundo fantasmagórico.

Su cuerpo- sin que se apercibiera de ello- permanecía tenso y expectante ante la amenaza presentida.

Nunca  sabía por donde iba a atacar el peligro. Estaba  preparado a defenderse, como todas las noches.

Las voces del comedor se iban apagando poco a poco. A  los pasos que  se dirigían a las distintas habitaciones le seguía el creciente silencio.

 Su madre aparecía, como todas las noches  para preguntarle en un susurro: “¿Pero no te vas a dormir?” 
Y  él replicaba somnoliento, dejando caer al suelo  la pequeña  espada de madera: “Ahora sí”

Una noche más se había librado del  ataque inminente del enemigo que, amenazante, le esperaba agazapado  en el recodo del pasillo. 

Transcurrido ya parte del invierno, en una  noche de febrero en la que un fuerte  viento azotaba la persiana,  le pareció percibir  lo que, al principio semejaba un leve susurro, que lentamente se fue  convirtiendo en una voz rota y profunda, premonitoras de algún horror.  

Envuelto en un sudor frío, prestó aterrorizada  atención. Las palabras ininteligibles   se fueron convirtiendo en carcajadas sardónicas y crueles. Pasos  casi imperceptibles   se iban acercando a su habitación. 

Siguiendo un impulso  inexplicable en él, se levantó  de la cama, su mano asiendo con fuerza  el pomo de  la pequeña espada. A tientas,  salió de la habitación, y palpando la pared avanzó  por el corto  pasillo, intentado  alcanzar el recodo.  Cada vez estaba más oscuro el tramo.

Su cuerpo temblaba de forma incontrolada. Asió con las dos manos la espada y la colocó sobre su estómago, apuntado hacia delante.  De pronto tropezó con algo duro e inamovible  que le impidió avanzar.  Arremetió contra el obstáculo desconocido. La espada quedó clavada en  algún objeto  que no podía ver.  Horrorizado, tiró de ella, hasta lograr liberarla. Manos  invisibles le proporcionaban  empellones  de un lado y otro del pasillo. 

Ahora oía a los mayores retirarse a descansar; iban andando de puntillas  para no despertarle. Nunca encendían la luz para no turbar su débil sueño y  fino oído. 

El mayor de sus hermanos  tropezó con algo cruzado en el suelo del recodo  del pasillo. No podía  distinguirlo en la obscuridad, parecía un bulto desparramado  en mitad de la alfombra. Evitó pisarlo.  Se  agachó con precaución para  palparlo. Era  más grande de lo que había calculado. Con sorpresa primero y con alarma después se dio cuenta de  que se trataba de un cuerpo pequeño. 

“Encended la luz” alzó la voz nerviosamente.  

Entonces vio a su hermano  menor, pálido, echo un ovillo, pero   aferrado a la espada, de la que no  se desprendía. 

La familia se arremolino alrededor del pequeño, ahora tumbado sobre su cama. No parecía que sufriera ninguna herida, ni rasponazo. Pero mantenía los ojos abiertos con expresión de espanto y no era capaz de proferir palabra. El terror se reflejaba en su rostro.

Su madre  le abrazó con fuerza  y  acarició su pálida  cara mientras intentaba tranquilizarlo, y hacerle sentir seguro  y a salvó. 

El pequeño parpadeo varias veces y consiguió murmurar- solo su madre lo oyó- “Eran muchos y me atacaban por todas partes”. 

 La madre insistió en quedarse con el durante la noche y vigilar su sueño. El resto de la familia se fue a sus respectivas habitaciones. Poco a poco el pequeño, cogido de su mano, fue recobrando la tranquilidad, hasta que se adormeció y finalmente su respiración adquirió  un ritmo normal. 

Al verle dormido la madre decidió apagar la luz. Se  quedó sentada  junto a su cama acariciando su mano. Y en ese preciso instante   comenzó  a oír  los primeros sonidos: los susurros evanescentes, las pisadas casi imperceptibles, las risas ahogadas. 

Sorprendida y sobrecogida soltó  la mano del pequeño y encendió la luz de la mesilla. 

Varias sombras obscuras  se escurrieron puerta adelante hasta perderse en el recodo del pasillo.

sábado, 21 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE DE "ALGUIEN TENÍA QUE HACERLO"




LAURO. ACUARELA DE PALOMA ROJAS


Transcurrieron  cinco, diez, quince, veinte, treinta  años, no se sabe exactamente. Durante todo este tiempo  habían ocurrido muchos y grandes   cambios en el pueblo. Varios de los vecinos habían muerto, otros lo habían abandonado buscando mejores perspectivas laborales  y económicas. Algunos se ausentaron sin dar muchas explicaciones y no regresaron nunca.  Pocos  visitaban  esporádicamente lo que habían sido sus orígenes.

Fue entonces  cuando un hombre joven desconocido hizo su aparición en el pueblo. Venía de ultramar y   dijo  estar interesado en conocer la vieja casa del Dubois. Había oído hablar de ella a su padre, Monsieur Poirier, ya difunto,  uno de los antiguos vecinos emigrados,  quién le había contado todo lo ocurrido en aquel caserío . Le  había hecho  prometer que algún día visitaría  el pueblo de Montpoisson, así como  la vieja casa del crimen. En su nostalgia por el viejo terruño,   la descripción minuciosa del pueblo y  del interior y exterior del  edificio , eran   frecuentes  evocaciones  en sus conversaciones de anciano. 

En el Ayuntamiento,   le facilitaron las llaves de la vieja casa de Dubois. Explicó como su padre, Monsieur Poirier, había  emigrado del pueblo hacía ya muchos años. Les contó de su muerte acaecida hacia algún tiempo, de su empeño en que  visitara y conociera la casa de Dubois, del que había sido amigo, del crimen ocurrido allá y sus consecuencias.  Los empleados más viejos recordaban a Poirier  pero  nadie quiso acompañarle. Y él se alegró de que no lo hicieran, prefería  hacerlo solo.

Con paso decidido  subió por la empinada cuesta, siguiendo las instrucciones de los empleados del Ayuntamiento.  A mitad de camino  giró sobre sus talones y contempló el valle a sus pies, como quien rescata un paisaje  de la niebla del olvido.  Al alcanzar la cima, donde aún se alzaba el viejo edificio,   reconoció la casa por las explicaciones que su padre le había proporcionado.

Antes de entrar, la rodeo con andar parsimonioso, observó los campos  circundantes, rodeó  el abeto que se erguía valiente a la izquierda del edificio, se separó unos pasos   para poder verlo en  perspectiva; observó  con satisfacción que la larga escalera de mano aún seguía  apoyada en la pared, alcanzando la ventana del segundo piso. 

Sentía curiosidad por ver el interior de  la vivienda.  La llave chirrió en la cerradura. Tuvo  que empujar con fuerza la puerta de doble hoja para poder entrar. Se  dirigió a la ventana de la izquierda para abrir el postigo y dejar que entrara la luz del exterior. Le costó abrirla,  los años habían hinchado la madera y se resistía a ser abierta. Cuando lo consiguió asomó la cabeza y vio el abeto pegado a la pared, con la copa alcanzando el piso superior.

La casa rezumaba humedad, y olía a podrido. El polvo tapizaba  el suelo, las pareces, el techo.  Recorrió con la mirada el enorme zaguán que aún conservaba los muebles y algunos de los  pertrechos de labranza. Era como si la casa hubiera estado sumida en un largo sueño, sin que nadie hubiera tocado ninguno de los objetos. Reinaba el orden: las sillas alrededor de la mesa de la cocina, las ollas colgadas de las paredes. Algunos platos reposaban  en el escurridor. En la fresquera quedaban recipientes que en algún momento habían contenido alimentos, ahora evaporados o comidos por las ratas que habían hecho de la casa su guarida.

En  cuatro zancadas alcanzó   el segundo  piso, abrió la ventana que daba al abeto,  miró alrededor con calma, como quien contempla algo ya conocido, entreteniéndose en cada uno de los objetos que ocupaban la estancia. Paseó   su mirada inquisitiva por todos los rincones como quién busca algo que sabe debe estar por allá, hasta que   sus ojos tropezaron    con un palo largo y fuerte, medio oculto  entre los variados y viejos trastos dispersos por    la habitación. 

Sujetándolo con ambas manos se movió   alrededor  golpeando  el techo a lo largo y ancho de la habitación. Escuchó  con atención el sonido que producían los golpes  Al cabo de un rato comprobó con  satisfacción que uno de los ángulos del techo, sonaba  a hueco. Se asomó a  la ventana y  elevó hasta el piso la escalera de mano apoyada en la pared externa, la colocó junto al ángulo del techo   y empujó con toda su fuerza hacia arriba. Un cuadrante de madera cedió  y  crujió  sobre los goznes de uno de sus lados. Poco a poco empujó  la trampilla hasta vencer su resistencia; esta cayó  sobre un costado dejando espacio para que el joven,  apoyándose en los bordes del agujero abierto, se  impulsara  a si mismo hasta alcanzar  la buhardilla. 

Aquí no había  ventana alguna, todo era obscuridad. Echó  mano de unos fósforos que sacó del bolsillo de la chaqueta. Encendió un candil que encontró a tientas. Todo a su alrededor era   miseria, trapos sucios, ratas,  arcones de madera desvencijados, cortinas de  telarañas,  polvo acumulado. Ningún   resquicio   dejaba entrar la luz.  Se disponía a descender de nuevo   cuando sus ojos tropezaron con  una caja  de metal, ostentosamente colocada sobre uno de los arcones. Obedeciendo a un instinto inexplicable  cogió  la caja y se dispuso  a bajar por la escalera de mano al segundo piso, sosteniendo el candil con la otra   mano. 

Inesperadamente tropezó con  un bulto en el suelo que no había  visto antes. Lo empujó a un lado para poder acceder a la escalera. Una especie de pelota extraña rodó por el suelo. Acercó el candil y vio  que se trataba de una calavera envuelta en harapos. Con  espantó comprobó que  también estos cubrían    varios huesos. 
  
El  hallazgo de los restos humanos alteró sus nervios; bajó por las escaleras de mano  con paso inseguro. Su mente estaba   turbada, su pensamiento giraba  en remolinos. No  podía  pensar con coherencia. Un presentimiento impreciso  iba apoderándose de su mente. 
Siguió bajando el siguiente tramo de escaleras  hasta alcanzar  la planta baja. Tomó asiento en una de las sillas, depositó la caja de metal en la mesa. Clavó los ojos  en ella, sin ver. En su mente le martilleaba una pregunta: ¿Quién era  aquella calavera?

Poco a poco su respiración fue adquiriendo el ritmo normal, el corazón dejó de latir alocadamente.   Decidió abrir  la caja. La luz que entraba por la ventana no era suficiente y salió al exterior. Arrastró una de las sillas consigo y se sentó  delante de la casa, con el pueblo a sus pies en la lejanía. La  carta no estaba dirigida a nadie en particular, sino encabezada con un

 A quien encuentre esta carta.
Mi nombre es Poirier y soy vecino del pueblo de  Montpoisson. Espero que para cuando alguien encuentre esta carta yo esté muy lejos de aquí. Pero no quería desaparecer sin dejar constancia de los hechos que han ocurrido en este lugar. 
Mi amigo  Dujardin  y yo, teníamos constantes contenciosos con Chichiliane, en relación a terrenos que él reclamaba como suyos pero que habían pertenecido a nuestras respectivas familias desde que  nuestros bisabuelos podían recordar. Era un hombre avaricioso  y poco honrado que no tenía escrúpulos en hacerse con lo ajeno. 
Habíamos experimentado  que acudir a la justicia era   inútil, porque nunca había pruebas concluyentes  para poder confirmar  nuestro derecho sobre las tierras; algunas de las adquisiciones realizadas por nuestros antepasados se habían basado en la palabra dada, como era costumbre en aquellos tiempos. Teníamos  la seguridad moral de que nosotros  éramos  los dueños. Decidimos  darle una lección. 
En  una  siniestra noche anterior a la gran nevada, cuando el valle desapareció bajo las nueves amenazantes y  la casa de Dubois  quedaba oculta a los ojos del pueblo, mi amigo y yo  raptamos  a Chichiliane; lo amordazamos y atamos de pies y manos; para asegurarnos de que sus gritos ahogados no nos iban a delatar, lo emborrachamos a la fuerza. Eran las primeras horas de la madrugada. Con enorme  esfuerzo  cargamos  con el cuerpo por la ladera sur-  imposible  de ver desde el pueblo-    y las provisiones necesarias para una estancia prolongada en la casa de nuestro  amigo Dubois, sin que este se apercibiera del hecho. 
Conocíamos  su casa y sabíamos  que  nunca utilizaba la vieja buhardilla. Su vida transcurría en el piso bajo y  apenas hacía  uso del segundo piso.  Utilizamos    la escalera de mano hasta  alcanzar la ventana del segundo piso. Tiramos de Chichiliane subiéndolo por la escalera.   Luego entre los dos la alzamos hasta meterla en la casa.  Subidos en ella empujamos con esfuerzo  la trampilla, prácticamente invisible a ojos poco familiarizados con la casa de Dubois.  Era la entrada a la buhardilla  y los tres  nos introdujimos en ella. Nuestro plan era  intimidar  a Chichiliane hasta que este nos firmara una carta reconociendo que éramos dueños de las tierras en litigio. 
Pero no habíamos contado con la capacidad de resistencia de Chichiliane. No cedía a nuestras presiones y amenazas y no se avenía a firmar ningún papel que acreditara nuestro derecho a las correspondientes tierras. 
Yo tampoco había contado con la capacidad de crueldad de Dujardin Y un día me encontré con que en un arranque de furia ante  terquedad cerril de Chichilliane,  le había matado y  cediendo a su odio    había  manipulado el cadáver, vistiéndolo  de forma ridícula y grotesca, colocándole su sempiterna pipa en la boca que sujeto con   una especie de masa hecha  con pan y agua.  En  el silencio de la noche había descolgado el cadáver por la ventana del segundo piso, atándolo al abeto pegado a la pared.  Era un hombre de enorme fuerza física.  
Cuando supe  lo que había ocurrido, comprendí que estábamos en grave peligro. Escuchábamos en silencio los movimientos que Dubois estaba realizando descolgando  el cadáver, su marcha precipitada  al pueblo, la llegada de los gendarmes, las palabras del juez, los comentarios sobre las huellas en la nieve. 
Nos dimos cuenta de que nos habíamos atrapado a nosotros mismos y que no podíamos salir de allá hasta que ocurrieran dos hechos: que los gendarmes dejaran la casa libre y que la nieve hubiera desaparecido. Apenas teníamos víveres, ni agua, porque no habíamos contado con una  estancia tan prolongada. Solo cuando nos hubimos  asegurado  de que nadie rondaba la casa, bajamos a casa de Dubois y nos hicimos con algunos alimentos que nos ayudaron a sobrevivir.
Mientras esperábamos a que se dieran estas circunstancias,  la relación entre Dujardin  y yo, se hizo muy tensa. Yo le acusaba del crimen y de habernos colocado en una situación  límite  y él se defendía de forma incoherente buscando disculpas donde no las había. 
Hoy hemos llegamos a las manos. Él es mucho más fuerte que yo, pero menos ágil. He visto  que en su furia y terror, estaba dispuesto a acabar conmigo. He echado  mano del cuchillo de monte que siempre tengo  conmigo y se lo  he clavado varias veces en el vientre y el pecho. Quiero que quede constancia de que ha sido en defensa propia.
Firmado  Monsieur Poirier

El joven Poirier  se quedó paralizado. Las ideas corrían veloces por su mente, atropellándose  unas a las otras y sin acabar de concretarse. Empezaba a entender por qué  su padre tenía tanto interés en  que visitara la casa: quería  confesarle  lo que  no había sido capaz de contarle, quería   justificar su crimen. Las preguntas iban precipitándose, pero no encontraba respuesta a los muchos  interrogantes que le acosaban.
  
Poco a  poco en su mente se fue abriendo un plan. Hablaría solo del  descubrimiento del cadáver,  no mencionaría el hallazgo de la carta. Nadie conocía su existencia. Y su padre ya no vivía.

Absorbido por   el terremoto interior no se había dado cuenta de que   la tarde iba cayendo y empezaba  a obscurecer. Como un autómata  se levantó de la silla, la guardó en la cocina. Sacó  la carta de la caja que dejó junto a la silla y la guardó   en el bolsillo del pantalón. 

Descendió lentamente   colina abajo  y se dirigió al Ayuntamiento; con gran nerviosismo contó el descubrimiento de los restos humanos hallados en la buhardilla. Uno  de los empleados  le acompañó a la gendarmería. Volvió a explicar quien era,  el motivo de su visita, el empeño de su padre, ya fallecido, de que visitará sus raíces.  La policía recordaba el crimen y el proceso de Dubois. Todos los datos de Chichiliane y Dubois  estaban archivados. Algunos recordaban que  en fechas anteriores y posteriores  a aquel suceso que había revolucionado la vida del  pueblo, algunos vecinos habían emigrado, entre ellos Poirier y otro alto y fuerte, Dujardin de nombre, creían recordar.

 “La marcha de ambos causo algo de sorpresa en el pueblo, ya sabe, vecinos  de toda la vida, pero la vida aquí no era fácil, era jóvenes y buscaban otros horizontes.”, comentó   uno  de los actuales gendarmes,  casi un niño, en   la época   del crimen.    "Recuerdo    a su padre.  Un hombre bajo y muy moreno. Usted no se parece mucho a él, si quiere que le diga la verdad.  Si no me hubiera dicho usted que es hijo de Poirier, hubiera pensado que era hijo de  Dujardin”
“Muchas gracias por la información que nos ha dado. Avisaremos al Juez ahora mismo y   nos haremos cargo de los restos encontrados. Curioso, no teníamos aviso de nadie que hubiera desaparecido, aunque parece, por lo que cuenta, que es cosa que ha ocurrido hace algún  tiempo. Díganos donde se  hospeda por si el Juez necesita su colaboración. Puro formalismo, ya sabe, pero hay que cumplir la ley.”

NADIE DEBE SABERLO, pensó el joven Poirier. PERO  YO NO PUEDO  OLVIDARLO.