LA RÍA DE BILBAO.ACUARELA DE PALOMA ROJAS

jueves, 10 de julio de 2014

CUANDO EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE EL DOLOR.. Segunda parte


GABRIEL

Crecí sin saber lo que era una madre. Me dijeron que algunas de las fotos que adornaban las paredes de la casa de Bilbao eran de ella. También me explicaron que se había ido al cielo el día que yo nací. Y que por eso nunca celebrábamos mi cumpleaños en ese día sino al siguiente, el día de San Gabriel. Escuché una vez a mis tías, una conversación entre susurros. Ellas pensaban que no les oía:
-“El niño no venía bien y ella se desangró; se fue en horas. El padre no se ha repuesto todavía”.
Cuando nadie me veía, contemplaba las fotos de mi madre. Necesitaba ver sus facciones, su pelo, su expresión. Quería que alguien me hablara de ella, saber sus gustos su modo de ser. Conocerla.
 No sabía a quién preguntar. Moncho tampoco era muy proclive a hablar de ella. Solo una vez, cuando éramos pequeños, me dijo: “Tus has heredado la risa contagiosa de mamá y su buen humor. Entonces papá estaba más alegre que ahora. Éramos una familia muy feliz. Todo se estropeó cuando tú nac…cuando se murió nuestra madre”.
Él no quiso ser duro pero lo que yo oía y percibía contribuyó a que creciera con el sentimiento de que mi madre había muerto por mi culpa y que por eso, mi padre prefería a Moncho. Como consecuencia, aceptaba ocupar el segundo puesto en el cariño de mi padre.
Los veranos los pasábamos en Gorrondo, que ya era nuestro porque los abuelos habían muerto. Solíamos salir los tres juntos en el coche de caballos. Paseábamos por las estradas, entre campos. Papá se sentaba a la derecha llevando las riendas. Moncho en el extremo opuesto y yo iba en medio bien custodiado por los dos. Mi hermano y yo llevábamos unos sombreros de paja para defendernos del sol. Papá era muy guapo. Nos contaba cosas sobre el caserío y sus pertenencias, sobre sus proyectos: quería parcelar las tierras, levantar dos caseríos más y alquilarlos junto con los campos de labranza. Nosotros nos quedaríamos con Gorrondo y el terreno circundante.
Fueron pasando los años. La vida transcurría como un río tranquilo. Nada cambió mucho. Papá se fue acomodando poco a poco a su vida de viudo. Moncho ya había ingresado en la Universidad de Deusto, de reciente creación y yo estudiaba en uno de los colegios de la parte vieja de la ciudad. Mi buen humor y fácil risa, me facilitaba hacer amistades. Tenía un grupo extenso de conocidos, y un círculo más pequeño pero muy fiel de amigos. Moncho y yo nos llevábamos muy bien. Aunque había seis años de diferencia entre él y yo, teníamos mucha confianza el uno con el otro. Seguía siendo enérgico, decidido y muy voluntarioso.
Nuestro padre estaba muy orgullo de que Moncho fuera una gran promesa, como le comentaban los profesores y también muy contento con mis resultados académicos. Se me daban bien las matemáticas y el dibujo. Yo había expresado que quería ser arquitecto naval, cuando acabara el Bachillerato. En aquellos años era una de las elecciones de moda entre la gente joven de la zona: marchar a Inglaterra para estudiar arquitectura naval, carrera que no estaba reconocida en España pero que era muy considerada por los Astilleros que entonces florecían en Bilbao. Ni mi padre ni mi hermano me prestaban demasiada atención, pues todavía faltaban unos cuantos años para acabar el colegio.
La enfermedad de mi hermano fueron días terribles para mí. Fue un rayo fulminante que partió en dos mi vida. Todavía no existía la vacuna contra esa enfermedad. Ni los antibióticos. La penicilina tardaría aún más de treinta años en descubrirse.
Veía a mi padre deshecho. Por las noches, mientras permanecía despierto en mi cama, le oía llorar. A mis quince años, no sabía cómo comportarme, qué hacer. Me daba cuenta de que necesitaba compañía y consuelo pero su actitud no facilitaba el acercamiento. Era incapaz de encontrar las palabras que pudieran mitigar en algo su dolor. Yo era consciente de no estar a la altura de las circunstancias. Y lo que era peor, tenía la seguridad de que mi padre también sentía lo mismo.
Se me iba mi hermano, el que había sido mi apoyo y mi confidente. Ahora me enfrentaba a la soledad, a la comunicación formal sin que mediara confianza real. Quise gritar de rabia. No entendía que estaba pasando ¿por qué tenía que morirse él? ¿Por qué tenía que quedarme solo, otra vez?
Sin embargo, vi con claridad que ya no podría irme a estudiar a Inglaterra, como había soñado. Debía quedarme junto a mi padre. No podía abandonarlo. Cuando Moncho murió yo ya había tomado la decisión. Iría a estudiar a Deusto.
Al cambiarnos a la calle Ripa yo pasaba horas observando las embarcaciones. En aquellas épocas los barcos subían ría arriba para atracar a los pies de nuestra casa. Desde el mirador se podía ver a los estibadores con su rítmico cargue y descargue de las mercancías. Bilbao era un puerto próspero y muy ocupado. Algunas de las embarcaciones tenían las enseñas inglesas. Todavía recuerdo algunos de los nombres y las ciudades de origen. Pero mi decisión estaba tomada y procuraba borrar de mi mente mis antiguos planes profesionales.
Mi padre siguió encerrado en su dolor. Yo procuraba contarle cosas del colegio, de los planes con mis amigos, de las asignaturas. Escuchaba procurando sobreponerse, pero no conseguía distraerle ni sacarle de su estado de ánimo. Pasaron meses antes de que pudiera reemprender su vida social. Por las mañanas trabajaba, al mediodía, comíamos juntos y por las tardes, al finalizar la jornada laboral, pasaba a la Bilbaína donde se encontraba con sus amigos.
Transcurridos dos años, le hablé a mi padre sobre mi decisión de ir a Deusto. Me miró algo sorprendido y comentó:
-"Pensé que querías ir a Inglaterra".
Le miré asombrado. No imaginaba que se acordará de mis sueños profesionales. Aún me asombró más cuando continuó: 
                        -"Me alegra mucho que te quedes, te lo agradezco".
Me sentí tan confundido que no supe articular una respuesta adecuada. Era la primera vez que mi padre daba señales de que alegrarse de tenerme cerca, de que me necesitaba.
A partir de entonces, nuestra convivencia se fue haciendo gradualmente más fluida; no teníamos que hacer esfuerzos especiales para mantener una conversación, la comunicación era más espontánea y natural. Compartíamos nuestras vidas. Las bromas y risas se fueron haciendo un elemento natural en nuestro trato diario. Yo le contaba sucedidos de la Universidad y él me comentaba aspectos de su trabajo o de sus reuniones en la Bilbaína. Descubrí que tenía un agudo sentido del humor y una marcada capacidad de observación. Estaba al día de la política internacional y más aún, de la nacional. Inesperadamente un día me sorprendió mirándome fijamente y comentando en voz apagada, mientras una leve sonrisa vagaba por su rostro:
          -"Te pareces a tú madre, tienes su sentido del humor, Has heredado la alegría que ella repartía con su sola presencia".
Supe que algo había cambiado radicalmente en nuestra relación padre/hijo.
Llevaba ya dos años en la Universidad. No me costaban los estudios. Sacaba buenas notas pero no me llenaba aquella carrera y prefería no pensar en lo que me esperaba una vez terminada.
El día que mi padre me comentó en la sobremesa
                    -"Gabriel, hijo, yo creo que no estás contento con tus estudios".
Me sentí en la obligación de protestar diciendo que estaba tan contento como podía estar con cualquier otra carrera. Pero el prosiguió:
"                -"Mira hijo, lo he estado pensando y creo firmemente que lo que a ti te va es lo que soñabas hacer. Cuando tú estás en clase ojeo algunas veces tus apuntes y veo están plagados de proyectos de barcos, dibujos de calderas de vapor y otra serie de cosas que no entiendo. He hecho averiguaciones con algunos de los contertulios del Club, y la mejor Universidad para lo que tú quieres está en Inglaterra Los hijos de un par de amigos están ya allá. Habla con ellos y entérate de los trámites, y todo lo demás. Piensa que tendrás que aprender el idioma antes de poder matricularte y eso te llevará uno o dos cursos. Ya nos arreglaremos para pasar las Navidades juntos. Yo todavía puedo aventurarme a hacer algún viaje a Inglaterra. Era un sueño que tu madre y yo teníamos. Estoy seguro de que ella hubiera estado contenta de verte estudiando en Inglaterra".
Me acerqué a mi padre y puse mi mano sobre su hombro apretándolo fuertemente.
-                -"¿Tú crees, de verdad, que mamá hubiera estado contenta?".

           -"Creo que tú serás feliz y eso le hubiera hecho feliz a ella, respondió apretando mi mano.

domingo, 22 de junio de 2014

CUANDO EL AMOR ES MÁS GRANDE QUE EL DOLOR. PRIMERA PARTE






DON JUAN

    A tu madre le encantaba recorrer las tierras en el coche de caballos. Era feliz sentada a mi lado dejando descansar su mirada sobre los campos de amapolas. Se le llenaban los ojos de luz, enlazaba su brazo con el mío y me atraía hacía ella con suavidad. Estábamos tan a gusto el uno junto al otro. Era verano y nos habíamos trasladado a Gorrondo, el caserío de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos y no sé cuantas más generaciones. Tenía 250 años de existencia. Conservaba su señorío, aunque diferente a como tú lo conoces. Era como el cuadro que está en nuestra casa de Bilbao. Yo hice algunos arreglos más tarde. Pero entonces no tenía opción a opinar ni sugerir. Nuestra boda no había sido objeto de alegría para tus abuelos. Habían soñado para su hija única, con un buen partido, de familia reconocida socialmente y de mayor fortuna. Y yo no era nada de eso. Mi padre era secretario del Ayuntamiento de la capital y cabeza de una familia de once hijos. Yo había conseguido llegar a ser agente de bolsa, que en aquellos tiempos no se alcanzaba por oposición sino con trabajo y esfuerzo personal. Tampoco había adquirido el rango profesional que años más tarde llegó a alcanzar. Además estaba el inconveniente de que entre ella y yo había una diferencia de trece años. 
  Tu madre tenía veintidós. Veintidós felices años llenos de vida y de ilusiones. Me enamoré de ella como un tonto. La primera impresión que causaba era la  de una joven sería y tímida pero su sonrisa sincera y espontánea  transformaba su rostro, embelleciéndolo. Me quedé prendado de su naturalidad, su risa fácil y contagiosa que hacía que los ojos se le iluminaran y cobraran un atractivo difícil de esquivar, como un imán suave pero irresistible. Una mujer con un encanto especial que, como el buen perfume, te atrae sin darte cuenta.
    Tu hermano Ramón nació al año de casarnos. Nosotros éramos felices viéndole crecer fuerte y alegre. Desde pequeño apuntó un carácter firme y decidido. Si algo se le resistía apretaba los puños y no cejaba hasta que lo conseguía. Tu madre se volcó con él pero nunca me sentí fuera del círculo maravilloso: sabía integrar todos sus quereres. Y los dos nos sentíamos amados por igual aunque de distinta manera. Continuamos yendo los veranos a Gorrondo para estar con los abuelos. Era un lugar sano y propio para que un niño creciera en contacto con la naturaleza. 
    Ahora era Moncho el que sentado entre tu madre y yo, nos acompañaba en nuestros recorridos en el coche de caballos. Disfrutaba con los campos de amapolas. Lo había heredado de su madre. ¡“Polas!, ¡Polas”! gritaba mientras las señalaba con su mano regordeta y nos tiraba con insistencia de la manga bien a tu madre o a mí para que le acompañáramos en su entusiasmo. Yo acababa frenando al caballo para que los dos bajaran del coche y recogieran un ramillete. Sus gritos de alegría, deleitaban a tu madre que le seguía de cerca para asegurarse de que no se perdía en aquella maraña de trigo y flores. 
    La única nube que turbaba nuestra felicidad era que no había señales de que otro niño estuviera en camino. El ginecólogo aseguraba que no había ningún impedimento pero el niño no venía, así que cuando seis años más tarde tú empezaste a dar signos de vida, tu madre y yo nos llenamos de alegría. Queríamos una familia numerosa: yo, porque procedía de una y tu madre, porque no le había gustado ser hija sola. Se nos hicieron largos los meses de espera. Moncho estaba desconcertado porque percibía algo intangible que le había desplazado hacia la periferia. Y tu madre se empeñaba en repetirle que tenía que querer a su hermanito porque iba a ser muy pequeño y necesitaría de sus cuidados. Moncho miraba `perplejo a su alrededor porque no encontraba entre sus juguetes ningún objeto pequeño que respondiera al nombre de hermanito. 
    Por fin llegó el día. Se presentaba un parto difícil. Vivíamos entonces en Bilbao en la misma casa en que nació Unamuno. Te esperábamos con los brazos abiertos. Había nervios e inquietud. Tu madre estaba serena y cooperaba con todas sus fuerzas. Pero la tensión fue creciendo según iban pasando las horas. Tú, por fin, te asomaste a la vida pero tu madre se hundió en la muerte. Pudo tenerte en sus brazos y acariciarte durante unos minutos para depositar un suave beso en tu colorado rostro; las únicas caricias que has recibido de ella. A las pocas horas ya eras huérfano de madre
    Yo me sumí en un dolor intenso que no me dejaba pensar. Me quedé a solas con ella durante horas. Le hablaba, no me contestaba. Lloraba, no me oía. Es terrible la quietud de la muerte. La incomunicabilidad. Contemplar un rostro amado que jamás volverás a ver en esta vida. Saber que no puede responderte, ni consolarte.
    Tus abuelos se ocuparon de ti y de Moncho durante los primeros días, llevándoos a su casa Te bautizaron al día siguiente de tu nacimiento. Era San Gabriel, y así te llamaron. Ni siquiera me preguntaron qué nombre quería ponerte. No me importaba. A los pocos días viniste a casa y creciste al cuidado de Simona. Fue como tú segunda madre .Yo me alegré cuando, a su muerte, tú insististe en enterrarla en nuestro panteón.
    Yo buscaba la compañía de tu hermano, que, aunque incapaz de captar mi profundo dolor y soledad, podía compartir conmigo algunos recuerdos de su madre. Durante meses preguntaba por ella todos los días. Por las noches, solo en su habitación, le oía llorar desconsoladamente. Me sentía herido por ese llanto e incapaz de encontrar el modo de consolarle. Pasaba horas en su cuarto, intentándolo. Todo esto contribuyó a que estuviéramos muy unidos en los años posteriores. 
    Seguíamos veraneando en Gorrondo y cuando empezaste a tenerte en pie pasabas mañanas enteras atareado, recogiendo las chiribitas que crecían en la campa del jardín donde unos cuantos tilos se elevaban hacía el cielo y proyectaban una sombra protectora. Fue entonces cuando empezamos a llamarte Chiribito, por tu amor a las pequeñas flores blancas y amarillas que cuajaban la hierba. Con tus cortas piernas tambaleantes, depositabas las flores en las faldas de tu abuela y de Simona y corrías afanoso a coger más, para entregármelas, tímidamente. “Muy bien Chiribito, muy bien, son preciosas” era lo más que conseguía decirte, mientras pasaba un dedo suavemente por el contorno de tu rostro. Te lo agradecía de corazón pero por un sentimiento inexplicable del que no podía desprenderme era incapaz de esforzarme en ser más cariñoso. Te tenía a ti, pero no tenía a tu madre. Inconscientemente te culpaba de ello.
    Conoces bien como fue la muerte de tu hermano. Los primeros síntomas, las altas fiebres, los dolores musculares, las erupciones en su cuerpo, las visitas diarias del médico y el diagnostico final: “Tifus”- dijo 
    Y mi mundo se derrumbó. Veíamos a Moncho hundido en el sopor, su estado de delirio. Sabíamos que le quedaban pocos días de vida. 
  Días terribles para mí. Mi hijo mayor se me iba como se había ido mi mujer, precisamente cuando las ilusiones soñadas parecía iban a realizarse: la culminación de su carrera, el futuro trabajo ya prácticamente confirmado.   
    Pasaba las noches junto a su cama. Lloraba sin lágrimas. Estaba metido en mí mismo, sumido en mi dolor, distanciado de todo y de todos. Me olvidé de ti, Chiribito. Envuelto en mi pena era incapaz de captar lo que esta muerte podía estar significando para ti. Nunca tuviste una palabra o una mirada reprochadora. Tú nunca me acusaste de nada.
  Fue la muerte de Moncho lo que me hizo decidir un cambio de casa Había demasiados recuerdos dolorosos en la antigua. Elegí la calle Ripa, junto a la ría porque estaba cerca de mi trabajo y de la bilbaína. 
    Han pasado muchos años pero aún me siento culpable por no haber sabido quererte tanto como tú necesitabas. La sombra de una nunca reconocida acusación injusta, gravitaba sobre ti. A pesar de todo tu creciste fuerte y risueño. En ocasiones algunas cosas cuya comicidad nos parecían absurdas a los demás, inesperadamente te hacían soltar carcajadas contagiosas, que nos alegraban a todos. 

sábado, 21 de junio de 2014

NUEVOS INTENTOS DE ESCRITORA




Esta vez no son INTENTOS DE ESCRITORA, sino nuevos intentos sobre algo ya escrito.Este curso ha sido poco prolifera en cuanto a creatividad se refiere. Las causas son variadas y no merece la pena reseñarlas. 
Pero una de las cosas que he hecho, ha sido corregir, con las ayuda   y sugerencias de mis compañeros de Taller, un relato que realicé el año pasado. Para ser exacta, lo subí el 25 de Junio de 2013. 
Sustancialmente  es el mismo escrito pero espero que los cambios y las sugerencias lo hayan mejorado. 
Ya me diréis si sois de la misma opinión. Mañana lo veréis.

domingo, 1 de junio de 2014

APAREZCO POR CASUALIDAD.



Llevo una temporada larga sin aparecer por aquí. No es que haya tomado la determinación de no seguir con el blog. No, no es eso. La cuestión es que este año he dedicado poco tiempo a escribir y tengo poca producción. Espero subir algo dentro de unos días, pero mientras tanto incluyo este vídeo que me hizo mucha gracia.
Espero que os guste como me ha gustado a mi.

Me alegro de estar con todos@s otra vez.

martes, 17 de diciembre de 2013

MUY FELICES FIESTAS




Os deseo de corazón unas Muy Felices Navidades y Muy Feliz año Nuevo. Espero que  este Vídeo de una familia conocida mía  os traigan tantas alegría como  se ve que reina en esa familia.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

EL TURMALICUERO



Ramón Portazgo había sido siempre algo peculiar. No era fácil de conocer. De forma sutil interponía distancia entre él  y los demás. Una especie de reserva intangible, pero efectiva. Esto, unido a una actitud torva en sus relaciones sociales y familiares, a las que asomaban matices de crueldad, había hecho de él un hombre  temible e inquietante.  Aún  más contradictorias eran sus reacciones afectivas ante hechos de relativa importancia. A todo esto había que añadir  su  sorprendente gran amor a la Literatura con mayúscula.

Enrique, su nieto, con frecuencia había pensado utilizarlo como un personaje de sus novelas pero nunca se había atrevido a intentarlo. Que Enrique Portazgo incluyera entre sus personajes, uno parecido a Ramón Portazgo, ganadero y rico  terrateniente, ahora fallecido, iba a levantar comentarios incendiarios.

Cuando el notario le informó de que su abuelo le había dejado en herencia su famosa  biblioteca, no le sorprendió. Él era el único de la familia que no se había dedicado a explotar ni vivir de las tierras sino que había tomado el derrotero de las letras y alcanzado reconocimiento más allá de las fronteras.

Para hacerse cargo de la herencia, Enrique  se había trasladado a la gran casona de campo de su abuelo. Los libros cubrían las cuatro paredes de la amplia habitación  y las baldas alcanzaban el techo.  Registrar  los libros y embalarlos por orden alfabético para ser transportados a su propia casa, había sido una labor ingente. Pero ahora estaba todo preparado para el traslado y poder disfrutar de la riqueza literaria heredada.

Tan solo le quedaban por repasar algunos cuadernos escritos a mano por su abuelo y otros papeles sueltos metidos en  sobres. Habían  aparecido en la última balda,  ocultos detrás de los libros,  despertando su curiosidad. Los tenía apartados  para leerlos antes de regresar a su ciudad.

Cenó frugalmente y retornó a la biblioteca, donde aún quedaban un par de sillones confortables y una buena lámpara de lectura. Abrió los cuadernos de su abuelo y se entretuvo leyendo lo que parecía un diario, escrito de forma aleatoria.

Algunas de las notas tomadas hacían referencia a fechas de nacimientos de los Portazgo: los bautizos, los padrinos. Otras remitían a  los matrimonios de sus hijos y nietos,  las fechas y lugar del fallecimiento de otros. Todo estaba descrito con brevedad y frialdad. Llamaba la atención especialmente la escueta  mención de Luisa Portazgo, Leticia Portazgo y Laura Portazgo, tías de Enrique  muertas  de muy niñas, en un corto periodo de tiempo. Una de las tragedias familiares a la que el abuelo no parecía dar importancia especial  en su diario y que sin embargo habían afectado profundamente a su abuela y tíos.

En contraste con la frialdad de los datos familiares, las notas que se referían a los animales de la granja, eran llamativas. Conocía a cada uno de los caballos, cerdos, bueyes, vacas, ovejas, gallinas  y perros y  las descripciones de ellos eran  prolijas y pormenorizadas .Los conocía por sus nombres, motes o apelativos. Narraba la operación realizada a uno de los caballos y los cuidados posteriores, en los que él mismo se había involucrado. Los bueyes eran descritos con cuidado, así como las vacas. Los perros – puras razas - habían sido tratados por los mejores veterinarios.

Por unos minutos se quedó cavilando  sobre este aspecto del carácter de su abuelo. De niño había echado de menos su felicitación por navidades o un regalo por su cumpleaños. Recordaba con tristeza  el desinterés que había demostrado ante su operación de apendicitis que estuvo en un tris de convertirse en una  perforación intestinal. Aún le dolían sus comentarios hirientes  a su primera novela   Con un profundo suspiro, sacudió la cabeza y continúo revisando los apuntes. 

El siguiente describía un Turmalicuero, aparato  de cocina que él había conocido de niño en casa de su abuelo  y que este describía cuidadosamente como un  aparato eléctrico de baja calidad, utilizado en las  cocinas de Zamora y Salamanca para convertir en polvo los cueros de animales. Con posteridad, meses después, con este polvo se sazonaba la carne de cerdo asada al horno de leña. Ahora entendió Enrique porque la carne de cerdo de casa de su abuelo siempre sabía tan bien.

Curioso, siguió leyendo más papeles. Le llamó la atención otra hoja en la que recogía un posterior descubrimiento: añadiendo a ese polvo tan sabroso, una chorretada de  jugo de adelfa, el efecto era letal.

--Bueno saberlo,  rió por lo  bajo.

Ramón Portazgo  continuaba detallando  como este efecto había sido experimentado en tres casos:
“L. P: mes de mayo del año 1. los efectos tardaron en aparecer: Le costaba respirar y a las pocas horas dejo de hacerlo.
L.P: mes  de diciembre del año 2. Su reacción fue distinta: sufrió convulsiones que duraron  un rato y la sufrió mucho hasta que murió.
L.P: mes de mayo del año 3. Era más fuerte y hubo que suministrarle una doble cantidad. El paro cardíaco acabó con ella.
Las tres están enterradas bajo el roble”.

Horrorizado, dejó de leer. No era posible que su abuelo fuera un criminal en serie. Era especial, con rasgos de crueldad, era cierto pero no  hasta estos extremos inimaginables. ¿Cómo se debía actuar en estos casos? ¿Tendría que hacer saber a las autoridades lo que había ocurrido? ¿Callarse?  Estaba abrumado por el problema de conciencia surgido de la lectura que había empezado como un entretenimiento y se estaba convirtiendo en una pesadilla.

Nervioso, revolvió entre los papeles, buscando algo que  aclarara lo ocurrido. No encontró nada que tuviera relación con el polvo mezclado con jugo de adelfa. Ni los nombres o iniciales de sus tías volvieron a aparecer.

Continúo buscando frenéticamente entre todo aquel desorden de papeles.  Se  topó con varios folios sobre  la vaquería y su rendimiento. Parecía que en contraste con su conducta hacia su familia, el abuelo conocía cada una de las vacas  por sus nombres: La Morena La Clara, La  Moteada, La Alegre, La Pinta, La Patosa, La Pícara.

La  muerte de las tres últimas le había causado un gran dolor, así lo expresaba. Eran de una raza muy especial, habían resultado un negocio redondo y  habían vivido muchos años.

Decidió que a primera hora de la mañana, hablaría con él  capataz de la finca, y excavarían bajo el roble para comprobar si había restos de los cadáveres.

Se  levantó muy temprano y fue en busca del capataz; quería que le ayudara a cavar alrededor del roble. El hombre se extrañó ante su decisión.

--Quizás me meto donde no me toca, pero ¿podría decirme que es lo que estamos buscando?, le pregunto

Enrique se vio en la obligación de dar alguna explicación sin dejar ver sus sospechas.
--He leído que el abuelo enterró aquí  tres cosas que define como L.P. y tengo curiosidad por saber que es.

--Sí, yo le ayudé cuando lo hizo. Fueron sus vacas preferidas, La Pinta, La Patosa, La Pícara. Las quería mucho y sufría viéndoles sufrir, pasaba ratos largos haciéndoles compañía y prodigándoles toda suerte de cuidados. Cuando se murieron las enterró aquí.

De repente miró a Enrique a la cara  y preguntó con asombro:

--¿no habrá creído usted que se trataba de… otra cosa?


domingo, 29 de septiembre de 2013

COMIENZO DE CURSO 2013-14




El Abra, Getxo. Vizcaya.

He estado mucho tiempo ausente del blog, aunque durante el verano he subido dos  o   tres cosas. Espero que, ahora que recomienzo las clases en el Taller de Escritura Creativa,tenga nuevo material para incorporar. Esa es una de las razones de mi ausencia creativa y la  otra ha sido la falta de ganas y el deseo de un verano tranquilo.
De todas formas, agradezco mucho las visitas que algunos habéis realizado  a pesar de mi falta de creatividad. Además de las visitas realizadas desde mi propio país, y sus comentarios, doy las gracias a los visitantes de, EEUU, Rusia, México, Argentina, Chile, Alemania, Francia, Colombia y Reino Unido, que según la información que me proporciona el propio blog han entrado en INTENTOS DE ESCRITORA.

Algunos de los visitantes son tan fieles que hasta he buscado en Google maps, para conocer alguna de vuestras  ciudades de origen y hacerme cargo de como son. Y no deja de  asombrarme que haya alguien en Rusia que se interese en leerme. 

Este es un mapa de donde está enclavado el pueblo de Getxo, en donde está enclavada la fotografía de más arriba. Estoy segura de que os gustaría mucho si lo conocierais.

sábado, 24 de agosto de 2013

VISITA LA MUSEO DE BALENCIAGA EN GUETARIA


Junto con otras amigas, nos acercamos a Guetaria, pueblo guipuzcoano 
muy cercano a Zarauz. Hacia mucho tiempo que estaba deseando 
visitar el Museo Balenciaga pero no había tenido ocasión de hacerlo, 
así que esta vez aproveché el buen tiempo que reinaba por estos lares 
para realizar ese deseo. 
Guetaria es un pueblo encantador, cuna de Elcano, que merece la pena visitarse.  
El día era esplendido, hacia calor, hecho no muy frecuente por aquí, 
y las callecitas bullían con gente. Nuestro primer destino fue el Museo Balenciaga.     

Entrada a Guetaria y Monumento a Sebastián Elcano.
Vista de la playa de Guetaria.
Otro aspecto de la playa y el pequeño puerto de Guetaria
El Museo está ubicado en lo que fue la casa de la familia de la Reina Fabiola de Bélgica
 a la que se le ha añadido una arquitectura acristalada muy actual.
Vista de la entrada al Museo
Puerta de entrada al Museo
La foto es bastante mala. Está en la entrada del Museo y con suerte
 se puede leer lo que pone al pie.
El hall de entrada es muy espacioso y tiene mucha luz.
También dispone de unos buenos butacones para descansar.

Desgraciadamente yo no llevaba máquina de fotos, pero una amiga mía 
pidió permiso para sacar fotos con su móvil. Como no se puede utilizar 
el flash, las fotos no son nada buenas cosa que lamento mucho.
La colección es esplendida, contiene, además de los trajes diseñados 
y confeccionados por Balenciaga, 
otros realizados por modistos de la época de Balenciaga. 
Tengo también fotos de estas pero como ahora no puedo recordar 
los nombres de los creadores, no voy a subir más que las fotos que 
mejor se pueden  ver,  las del gran Balenciaga
Explicación del modelo de Balenciaga



Otra descripción de un nuevo modelo

Este modelo era maravilloso y lamento que la foto de abajo
no le haga justicia.
 La flor roja pone una nota maravillosa.
Otro de los modelos,
Lamentablemente no había otra foto del traje solo.

Casi al final del recorrido descubrimos una sala dedicada 
a los trajes que Balenciaga había diseñado para algunas películas. 
Tales como las siguientes.
Anastasia
Ingrid Bergman en Anastasia
Ava Gardner
Romy Shneider
Rocio Dúrcal
Rocio otra vez
Elizabeth Taylor.

martes, 6 de agosto de 2013

ESTE VERANO HE VUELTO A ELORRIO




Estuve en este pueblo hace cuatro años y me pareció precioso. En mi otro blog subí varias de las casas palacio que existen en el pueblo. Las podéis ver aquí , aquí , aquí,aquí
Este año sin embargo he realizado un recorrido muy distinto. He visitado el entorno rural de Elorrio. Una visita encantada que me ha llevado a conocer lugares que desconocía.Siento que las fotografías no sean más bonitas, pero no soy ninguna experta. 

Para empezar podéis ver este  vídeo de Eitb que os cuenta todo lo que yo no sabría explicar con precisión. 
Vista del Amboto desde Elorrio
El primer Balneario que se creo en el pueblo, ahora convertido en colegio.
El tipo de bañera de piedra que se utilizaba en este primer
Balneario

Nacimiento de aguas sulfurosas que eran conducidas al Balneario
Entrada a un molino compartido por varios dueños. Sus nombres aparecen en la puerta.
La piedra de arrastre utilizada en la última competición que tuvo lugar en Elorrio .El reto consiste en ver que par de yunta de bueyes, arrastrando esta piedra, hace el recorrido en menor tiempo. Tiene mucha importancia la habilidad de los dueños en dirigir a los bueyes. Hay que tener en cuenta, que en aquellos tiempos la sociedad de estos pueblos era absolutamente rural. 
Antiguo lavadero, junto al río donde las mujeres iban a hacer la colada y charlar. 
Antiguo molino. No todo el mundo poseía uno y los que no lo tenían podían utilizarlos pagando por ello. La actual dueño puso en marcha este para que viéramos como caía en la harina y como suele ser habitual, apareció entre la harina un pequeño ratoncito, que aquí denominamos "sagutxu", que estaba más asustado que nosotros.  
Piedra del molino.


Preciosos caseríos que encontramos en el camino

Especie de hórreo edificado sobre pilares  para evitar que los roedores puedan tener acceso a los alimentos que se guardan en él.
Otra vista del horreo
Necrópolis de Argiñeta
Necrópolis de Argiñeta
Necrópolis de Argiñeta

Aquí terminamos nuestro recorrido que nos resultó muy grato.


martes, 25 de junio de 2013

PADRE E HIJO. Continuación

CHIRIBITO

Crecí sin saber qué era una madre. Me dijeron que algunas de las fotos que adornaban las paredes de la casa de Bilbao, eran de ella. También me explicaron  que  se había  ido al cielo el día que yo nací. Y que por eso nunca celebrábamos mi cumpleaños en ese día sino al siguiente, el día de  San Gabriel. Escuché  una vez a unas tías, susurrando entre ellas, pensando que no les oía: 
“El niño no venía bien y ella se desangró; se fue en horas. El padre no se ha repuesto todavía.
Solía contemplar las fotos de mi madre, cuando nadie me veía. No sabía a quién preguntar cómo había sido. Moncho tampoco  era muy proclive a hablar de ella. Solo una vez, cuando éramos pequeños, me dijo: 
"Se reía mucho, le gustaban las amapolas, siempre estaba de buen humor. Y  papá también. Éramos  muy felices. Todo se estropeó cuando tú nac…cuando se murió”. 
El no quiso ser duro pero lo que yo  oía y percibía contribuyó a que  creciera con el sentimiento de que mi madre  había muerto por mi culpa  y que por eso, mi padre prefería a Moncho.  Como tácita consecuencia aceptaba ocupar el segundo puesto en el cariño de mi padre. 
Los veranos los pasábamos en Gorrondo, que ya era nuestro porque los abuelos habían muerto.   Solíamos  salir los tres juntos en el coche de caballos. Paseábamos  por las estradas, entre campos. Papá se sentaba a la derecha llevando las riendas. Moncho en el extremo opuesto  y  yo iba en medio bien custodiado por los dos. Moncho y yo llevábamos unos sombreros de paja para defendernos del sol. Papá era muy guapo. Nos contaba cosas sobre el caserío y sus pertenecidos, sobre sus proyectos: quería  parcelar las tierras, levantar dos caseríos  más y alquilarlos junto con las tierras. Nosotros nos quedaríamos con Gorrondo y el terreno circundante. 
Fueron pasando los años. La vida transcurría como un río tranquilo. Nada cambió mucho. Papá se fue acomodando poco a poco a su vida de viudo. Moncho ya había ingresado en la Universidad de  Deusto, de reciente creación  y yo estudiaba  en uno de los colegios de la parte vieja de la ciudad. Moncho y yo nos llevábamos muy bien. Teníamos mucha confianza el uno con el otro, aunque nos llevábamos seis años y en esas edades, la diferencia de edad es muy importante.  Seguía siendo enérgico, decidido y muy voluntarioso. Yo tenía una risa fácil; aunque no tenía un grupo extenso de amigos, tenía un círculo pequeño pero muy fiel. Nuestro padre estaba muy orgullo de que Moncho fuera una  gran promesa, como le comentaban los profesores y muy contento con mis resultados académicos. Se me daban bien las matemáticas y el dibujo. Yo había expresado que quería ser arquitecto naval, cuando acabara el Bachillerato. En aquellas épocas era una de las elecciones de moda entre la gente joven de la zona: marchar a Inglaterra para estudiar arquitectura naval, carrera que no estaba reconocida en España pero que era muy considerada por los Astilleros que entonces florecían en Bilbao. Ni mi padre ni mi hermano  me prestaban demasiada atención, pues todavía faltaban unos cuantos años para acabar el colegio.
Cuando  mi hermano enfermó tenía veintiún  años. Era  su  último año de carrera. Todo empezó con unas fiebres muy altas que no cedían, dolores musculares intensos, la cabeza le estallaba, todo su cuerpo presentaba una erupción parecida al sarampión.  El médico le visitaba diariamente pero Moncho no mejoraba. Pasaron  algunos  días hasta que pudo confirmar el diagnóstico. “Tifus”, dijo. Y  nuestro mundo se derrumbó. Todavía no existía la vacuna contra esa enfermedad. Ni los antibióticos. La penicilina tardaría aún más de treinta años en descubrirse. Y Moncho se hundía en el sopor, estaba confuso, deliraba, la fiebre era altísima. Sabíamos que le quedaban pocos días de vida. 
Días  terribles para mí. Veía a mi padre deshecho. Su hijo mayor se le iba como se le había ido su mujer, precisamente cuando las ilusiones soñadas  parecía iban a culminar. Por las noches mientras permanecía despierto en mi cama, le oía llorar  en su habitación. A mis quince años, no sabía cómo comportarme, qué hacer. Me daba cuenta de que necesitaba compañía y consuelo pero su actitud no facilitaba el acercamiento. Estaba metido en sí mismo, sumido en un dolor que le distanciaba de todo y de todos. Era incapaz de encontrar las palabras que pudieran mitigar en algo su dolor. Yo era consciente de no estar a la altura de las circunstancias. Y lo que era peor, tenía la seguridad de que mi padre también sentía lo mismo.
Se me iba mi hermano, el que había sido mi apoyo y mi confidente. Ahora me enfrentaba a la soledad,  a la comunicación formal sin que mediara confianza real. Sin embargo, fui consciente de que ya no podría irme a estudiar a Inglaterra, como había soñado. Debía quedarme junto a mi padre. No podía dejarlo solo. Cuando  Moncho murió yo ya había tomado la decisión. Iría a estudiar a Deusto. 
Después de la muerte de Moncho mi padre decidió cambiar de casa. Nos trasladamos a la calle Ripa, al ensanche de Bilbao. En aquellas épocas los barcos subían río arriba para atracar a los pies de nuestra casa. Desde el mirador se  podía ver a los estibadores con su rítmico cargar y descargar de las mercancías. Bilbao era un puerto próspero y muy ocupado. Yo pasaba horas observando las embarcaciones. Algunas tenían las enseñas inglesas. Todavía recuerdo algunos de los nombres y las ciudades de origen. Pero mi decisión estaba tomada y procuraba borrar de mi mente mis antiguos planes profesionales.
Mi padre siguió  encerrado  en su dolor. Yo procuraba contarle cosas del colegio, de los planes con mis amigos, de las asignaturas.   Escuchaba procurando sobreponerse, pero yo era consciente de que no conseguía distraerle, ni sacarle de su estado de ánimo. Transcurrieron meses antes de que pudiera   reemprender su vida social. Por las mañanas se dedicaba a su trabajo. Comíamos  juntos  y por las tardes, al finalizar la jornada laboral, pasaba a la Bilbaína, donde se encontraba con sus amigos. 
Transcurridos dos años, le hablé a mi padre sobre mi decisión de ir a Deusto. Me  miró algo sorprendido y comentó:
“Pensé que querías ir a Inglaterra”
Le miré asombrado porque no imaginaba que se acordará de mis sueños profesionales y aún me asombró más cuando continuó
"Me alegra mucho que te quedes, te lo agradezco mucho”
Me sentí tan confundido que no supe articular una respuesta adecuada. Era la primera vez que mi padre daba señales de que se alegraba de tenerme cerca de él,  de que necesitaba mi compañía. 
A partir de entonces, nuestra convivencia se fue haciendo gradualmente más fluida; no teníamos que hacer esfuerzos especiales para mantener una conversación, la comunicación era más espontánea. Compartíamos nuestras vidas. Las bromas y  risas se fueron haciendo un elemento natural en nuestro trato diario. Yo le contaba sucedidos de la Universidad y él me comentaba aspectos de su trabajo o de sus reuniones en la Bilbaína. Descubrí que tenía un agudo sentido del humor y una marcada capacidad de observación. Estaba al día en la política internacional y más aún en la nacional.  
Llevaba ya dos años en la Universidad. No me costaban los estudios. Sacaba buenas notas pero no me  llenaba aquella carrera y prefería no pensar en lo que me esperaba una vez terminada. 
El día que mi padre me comentó en la sobremesa: 
"Chiribito, yo creo que no estás contento con tus estudios"
me sentí en la obligación de protestar diciendo que estaba tan contento como podía estar con cualquier otra carrera.  Pero el prosiguió:
"Mira hijo, lo he estado pensando y creo firmemente que lo que a ti te va es lo que soñabas hacer. Cuando tú estás en clase echo algunas ojeadas a tus apuntes y veo están plagados de proyectos de barcos, dibujos de calderas de vapor y otra serie de cosas que no entiendo.  He hecho averiguaciones con algunos de los contertulios del Club, y la mejor Universidad para lo que tú quieres es la de Durham, en su rama de Newcastle. Los hijos de un par de amigos están ya allá. Habla con ellos y entérate de los trámites, y todo lo demás. Piensa que tendrás que aprender el idioma antes de poder matricularte y eso te llevará uno o dos cursos. Ya nos arreglaremos para pasar las Navidades juntos. Yo todavía puedo aventurarme a hacer algún viaje a Inglaterra. Era un sueño que tu madre y yo teníamos. Estoy seguro de que ella hubiera estado contenta de verte estudiando en Inglaterra".
Me acerqué a mi padre y puse mi mano sobre su hombro apretándolo fuertemente.
¿"Tú crees de verdad que mamá hubiera estado  contenta"?
"Creo que tú serás feliz y eso le  hubiera hecho feliz a ella", respondió apretando mi mano".