GRACIAS POR EL DON DE LA VIDA
Estaba inquieta, y no sabia a ciencia cierta por qué.
Llegando al fondo del asunto, reconoció que la verdadera razón de su inquietud se debía a un interrogante que, en la última temporada, surgía de forma continuada. ¿Cuántos años de vida le podían quedar? ¿Cinco? ¿Diez?, ¿Quince?
¿Que ha ocurrido con el tiempo? Se preguntaba asombrada.
Acometer y escalar por la vertiente empinada de la niñez, fue un proceso muy largo; un día, una aventura increíblemente larga; un año, una eternidad; los primeros cumpleaños, sucesos únicos muy separados en el tiempo. Navidad no llegaba nunca. El día de Reyes, una visita que se demoraba eternamente. Esperar a mañana para volver a jugar con los regalos nuevos, una impaciencia continua. La primera comunión tardó mucho en tener lugar. Los juegos en el parque, eran horas que se deslizaban suavemente Las vacaciones estaban siempre en la lejanía.
Los años de colegio y universidad, fueron épocas de múltiples sucesos y nuevas experiencias que marcaron su vida.
El primer amor, un proceso absorbente, alegre y doloroso a la vez, le proporcionó experiencia y propio conocimiento. Aprendió a madurar, a comprender que las desilusiones no son el final de la vida.
Encontrar trabajo trajo consigo un período de incertidumbre y expectativas que se presentaban como un devenir largo e inquietante. Aunque ahora reconocía lo poco realista de este sentimiento: al acabar la carrera había encontrado el primero de su vida.
Enamorarse profunda y definitivamente llegó más tarde. El corazón le estalló de felicidad. Casarse y tener hijos había sido una aventura maravillosa; verles crecer y elegir carrera proporcionó un nuevo impulso a su vida. No les habían sido ahorradas preocupaciones, problemas, sinsabores, dificultades, encuentros y desencuentros. Pero lo habían compartido con coraje y fuerza; todo contribuyó a unirles aún más.
Entonces, desde la cumbre de su vida, dirigió la mirada al horizonte, y se regocijó pensando en la plenitud que le esperaba: una familia encantadora, un marido del que siempre había estado sinceramente enamorada y al que admiraba como el primer día. Una lucha por la existencia retadora pero compensadora Unos hijos que, con todos sus defectos y contratiempos, despertaban expectativas de éxito y progreso.
Luego vinieron las bodas. Los nietos fueron esperados con impaciencia e ilusión Llegaron, crecieron.
Inesperadamente tuvo que descender hacia el valle del dolor. La muerte de su marido parecía haber ocurrido ayer. La herida seguía viva aunque el dolor era más lejano. El hueco no lo había llenado nadie. Ni tan siquiera los nietos que empezaban a despuntar con identidad propia. Pero supo hacer frente a la soledad.
La vida en el valle era serena; había fomentado nuevos intereses, que contribuían a que los días se hicieran cortos. Quedaba tanto por hacer: tantos campos nuevos que explorar: La Historia, el Arte, la Música, la Ciencia; gente nueva, recién descubierta, que abrían ventanas a otros modos de vivir. ¡Tanto que aprender!.
Y ahora la vida corría tanto que nunca podía alcanzarla. Los días eran difíciles de distinguir. Los hábitos, enraizados. Las rutinas, establecidas. Pocas sorpresas. Las semanas parecían un día. Un año, parecía ayer.
Por eso se preguntaba cuanto tiempo le quedaba porque le parecía que no iba a ser suficiente para abarcar todo lo que deseaba alcanzar. Para amar tanto como los demás necesitaban. Para rezar por lo que ella necesitaba. Para dar gracias a Dios por el don de la vida.